Solari lleva un mes en el cargo de entrenador del Real Madrid, pero conoce perfectamente el club en el que trabaja. Antes de patearse la Ciudad Deportiva como técnico se la pateó como jugador y sabe que hay situaciones extremas en las que no se puede dar un paso atrás porque a lo peor no te dan oportunidad de dar otro paso adelante.

Esto ha ocurrido exactamente con Isco. Solari conoce de primera mano que el jugador había perdido el status que pudo tener en determinado momento en el vestuario y en el club y decidió no pasar por alto el mal detalle del jugador de negarle la mano y expresarle su malestar por alinearle en Eibar cuando el partido ya estaba visto para sentencia (3-0).

El técnico no miró para el otro lado y calculó bien su respuesta. Había dos posibilidades: no incluirle en la convocatoria a Roma o hacerle viajar y después dejarle fuera de la lista oficial de 18 jugadores. Optó por la segunda. Pensó que iba a tener más trascendencia informativa y que todos serían participes de su decisión, más disciplinaria que deportiva.

Las consecuencias de este enfrentamiento se verán a final de temporada. Isco, que tiene contrato hasta 2022, ya no es intransferible y si llega una suculenta oferta puede entrar perfectamente en el mercado. Su cláusula de 700 millones es inabordable, pero negociando se entiende la gente.

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