2 años, 24 meses, 104 semanas, 730 días, 17.520 horas, 1.051.200 minutos y 63.072.000 segundos… O, lo que es lo mismo, una eternidad. Siendo objetivos no es una suma de tiempo apabullante, pero si lo que se está midiendo es cuánto hace desde que el mundo fue testigo de la victoria de Donald Trump… ¿A que sí suena a una eternidad?.

A estas alturas de su presidencia, cuando ya sólo le queda segunda parte de su mandato, se pueden sacar muchas conclusiones sobre la clase de presidente que es. Pero hay uno de sus rasgos, el de impredecible, el que más le caracteriza. Porque sí, el Trump impulsivo que coge y tuitea poniendo patas arriba no sólo a EEUU, sino al resto del mundo, no se ha suavizado. Es la misma persona capaz de perder unas elecciones y decir que el resultado ha sido fantástico. Es más, es la misma persona capaz de decir que los candidatos que han perdido las midterm son aquellos que no quisieron hacerse la foto con él.

También es capaz de al día siguiente de la derrota de su partido, despedir al fiscal general de EEUU, Jeff Sessions, tras las tensiones provocadas por la investigación del Departamento de Justicia sobre los supuestos vínculos de la campaña de Trump con Rusia.

Frente a todo esto, ¿saben qué hicieron los predecesores de Trump cuando se vieron en una situación parecida? Tras perder el control de ambas cámaras del Congreso en 2006, el entonces presidente George W. Bush admitió que habían “vapuleado” a su partido; mientras que

resumió el resultado de las legislativas de 2010 como “una paliza”, después de que los republicanos le arrebataran el dominio en la Cámara Baja. Igual que Trump, ¿verdad? Cuestión de estilos… O del tipo de persona que eres.

El caso es que el análisis que ha hecho después de la cita con las urnas de este 6 de noviembre no debería de sorprender a nadie. Más que nada porque a día de hoy sigue hablando de su “tremendo margen de victoria” frente a Hillary Clinton… Y hay que recordar que fue ella la que obtuvo tres millones de votos más. Todos ellos, por cierto, de “inmigrantes ilegales”, según Trump.

Los mismos inmigrantes ilegales contra los que no ha rebajado ni un ápice su guerra verbal y política. Llegó a la presidencia prometiendo construir un muro con México y a estas alturas a nadie se le escapa que es bastante complicado que llegue siquiera a un consenso sobre cómo erigirlo. Pero él sigue erre que erre con que lo hará y con que gracias a él el país no se va a llenar de personas que vienen a robarles, quitarles sus puestos de trabajo e incluso matarles. Trump pasará a la historia como el presidente que encarceló en jaulas a migrantes y separó a familias. Su política de “tolerancia cero” con la inmigración ilegal ha causado estupor en el mundo entero.

Sin ir más lejos, en el marco de su obsesión con la inmigración Trump insistió el pasado miércoles en que podría revocar la ciudadanía a los hijos de indocumentados nacidos en el país. Y sobre la caravana migrante que quiere llegar a EEUU procedente de Honduras, esa a la que tachó de “invasión” e incluso de traer criminales y terroristas, ha negado que estuviera “demonizando” a los inmigrantes.

Pero Trump dice que lo ha hecho todo bien. Por decir dice hasta que, pese a todo lo anterior, él quiere que los inmigrantes vengan a EEUU “a través de un proceso legal” porque “cientos de empresas se están mudando al país”. De ahí que considere que no ha menospreciado a nadie y que son los medios los que están en su contra y los que mienten una y otra vez. Por eso retira credenciales a periodistas que no le gustan y por eso día sí y día también tuitea algo con un FAKE NEWS que parece su firma.

Quizá también es culpa de los periodistas que haya perdido la Cámara de Representantes. No han tenido nada que ver sus comentarios y, en definitiva, sus políticas xenófobas y machistas. Por cierto, que si algo hay que agradecerle al presidente es que esos comentarios o decisiones tan controvertidas como su elección para el Tribunal Supremo del juez Brett Kavanaugh, acusado de abusos sexuales, han despertado una movilización feminista sin precedentes en Estados Unidos. En la era Trump la Cámara de Representantes tendrá un récord histórico de mujeres.

Estos dos años también han servido de algo a los demócratas, que han dado con la llave para volver a conectar con el electorado. De la lectura de los resultados del pasado miércoles se extrae la conclusión de que tenían que mantener sí o sí su apuesta por una coalición de intereses que represente todos los grupos sociales, políticos y étnicos. Un sector del partido pedía que los candidatos fueran más blancos y de clase media alta, pero los que han triunfado son los que han sido capaz de representar la pluralidad del país. Y por pluralidad se entiende más mujeres y más candidatos de distintas etnias y religiones. Su gran reto ahora es el de dar con su estrella, esa persona capaz de aunar al Estados Unidos más plural y de volver a unir al país.

Porque tras dos años de presidencia de Trump, EEUU está más dividido que nunca.

Trump, lejos de admitirlo, insiste en que la gente le ama. Ensalza los buenos resultados económicos por los que pasa el país -que sí, es cierto que la economía crece y los datos del paro son los mejores en 5 años, pero no benefician a todos por igual- y se vanagloria de haber retirado a Estados Unidos de tratados internacionales que constó mucho firmar. Es el caso del pacto nuclear iraní, el Acuerdo de París… A nivel internacional lo que sí ha llevado a rajatabla el presidente es su lema de campaña: su ‘America Primero’ ha resonado en cada encontronazo con la UE, en cada puerta que ha cerrado al consenso internacional tan necesario en asuntos clave como el cambio climático. A su favor juega el tanto que se marcó tras reunirse con el líder norcoreano Kim-Jong Un, algo inimaganible tras casi siete décadas de confrontaciones y veinticinco años de negociaciones fallidas a causa del programa nuclear norcoreano.

Pero a Trump, a nivel externo se le sigue viendo con recelo. A nivel interno se le avecinan problemas en los próximos dos años. Y no son de la misma índole de los que se encontró Obama: al actual presidente no sólo le va a costar sacar adelante su agenda legislativa, sino que con los demócratas controlando la Cámara de Representantes, cuentan con una potente arma para desgastarle. Esta Cámara tiene la capacidad legal de poner en marcha comisiones de investigación, de convertirle en objeto de nuevas investigaciones sobre su proceder en los negocios o al frente de la Casa Blanca, citar a altos cargos de la Administración, reclamar documentos oficiales que no se hacen públicos habitualmente… Y aunque a estas alturas parece improvable, el partido de la oposición también tiene en su mano el iniciar un impeachment, el proceso de destitución del presidente que se inicia desde la Cámara de Representantes y cuyo veredicto corresponde al Senado.

Para todo esto Trump dice estar muy bien preparado. Tanto, que se permite el lujo de amenazar. Se negará a cooperar con los demócratas en temas legislativos si inician investigaciones en su contra desde la cámara baja y ha pronosticado que, si eso ocurre, le otorgará puntos políticos de cara a las elecciones presidenciales de 2020.

“Si eso ocurre (y me investigan), vamos a hacer lo mismo (contra los demócratas desde el Senado), y el Gobierno se paralizará, y les echaré la culpa”, ha alertado. “Y eso probablemente será mejor para mí políticamente. Creo que sería extremadamente bueno para mí políticamente, porque creo que soy mejor en ese juego que ellos”, ha agregado.

A falta de conocer hasta qué punto se moverán los demócratas contra el presidente, sólo hay algo claro: se avecinan curvas… Y el mundo seguirá viviendo al ritmo del bucle de Trump.

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