La familia del obispo Joseph Musser siempre vivió en la región de Alsacia, aunque no siempre en un mismo país. Su abuelo combatió del lado alemán en la Primera Guerra Mundial, y su padre, del lado francés en la Segunda. La sobrina nieta de Joseph vive en Francia, pero trabaja en Alemania, y todos los días pasa sin darse cuenta de un país al otro.

Para los grandes defensores de la Unión Europea (UE), esta era de paz y prosperidad sin fronteras es el mayor logro del bloque regional. “Los cimientos de la Unión Europea están en la memoria de la guerra -dice el obispo Musser, de 72 años-. Pero esa memoria se está apagando”.

Ayer, mientras decenas de líderes mundiales se reunían en París para conmemorar el centenario del armisticio que puso fin a la Primera Guerra Mundial, los recuerdos que conectan a las sucesivas generaciones de los Musser y al resto de los europeos son cada vez más frágiles.

El aniversario llega en tiempos de tristeza e incertidumbre, mientras los antiguos demonios del chauvinismo se esparcen una vez más por todo el continente. Y a medida que los recuerdos se convierten en historia, surge un interrogante: ¿se puede aprender de la historia sin haberla vivido en persona?

Tras las guerras mundiales, los europeos se unieron para sojuzgar el nacionalismo y el odio con el proyecto de la Unión Europea. No por azar, el bloque instaló parte de sus sedes institucionales en Estrasburgo, capital de Alsacia.

Pero las jóvenes generaciones no tienen recuerdo de la matanza industrializada y sus conciencias se formaron al calor de una crisis financiera que ya lleva una década, del influjo de migrantes desde África y Medio Oriente, y con la sensación de que la promesa de una Europa unida no se está cumpliendo. Para algunos de ellos, la sanguinaria Europa del siglo XX podría ser tan lejana como la Edad de Piedra.

Sin embargo, la Primera Guerra Mundial les costó la vida a 16 millones de soldados y civiles, y su herencia sigue modelando a Europa.

“La guerra para terminar con todas las guerras” dejó preparado el escenario para un conflicto aún más devastador y para la barbarie del genocidio. Para el líder británico Winston Churchill se trataba de una sola guerra que se libró entre 1914 y 1945. “Quienes no logran aprender de la historia están condenados a repetirla”, sentenció Churchill.

La canciller alemana Angela Merkel, cuya decisión de dejar ingresar a su país a más de un millón de migrantes en 2015 se convirtió primero en un símbolo del orden liberal europeo y luego en un grito de guerra para la ultraderecha, dijo que todavía está por verse si Europa aprendió de su pasado.

“Vivimos tiempos en que los testigos directos de ese terrible período de la historia alemana están muriendo -dijo Merkel-. Y es en esta etapa que se decidirá si realmente hemos aprendido de la historia”.

Hoy como entonces, en Europa el centro del espectro político además está debilitado y los márgenes se radicalizan. Lo que viene ganando terreno es una cruza de nacionalismo con odio étnico, y hay gobiernos populistas en varios países.

En Italia, el viceprimer ministro nacionalista, Matteo Salvini, ha mandado de vuelta barcos cargados de migrantes. El primer ministro húngaro, Viktor Orban, habla de una “ocupación musulmana” y alardea sin tapujos de su versión de “democracia no liberal”, también llamada “democracia parcial”.

Ayer, junto a Merkel y su anfitrión, el presidente francés, Emmanuel Macron, un férreo defensor de la unidad europea, estaban parados varios líderes nacionalistas a los que nada les gustaría más que despedazar la UE, entre ellos, los presidentes norteamericano, Donald Trump; ruso, Vladimir Putin, y turco, Recep Tayyip Erdogan.

Los historiadores, sin embargo, advierten que no deben establecerse paralelos directos entre la fragilidad posterior a la Primera Guerra y el presente. Antes de la Primera Guerra, la Europa de los imperios acababa de convertirse en la Europa de los Estados nacionales: no había una tradición probada de democracias liberales. Las penurias económicas eran de otro tenor. Y sobre todo hoy no existe la cultura militarista mayoritaria en la Europa de entonces. Francia y Alemania, archienemigos durante siglos, son estrechos aliados.

¿Qué escribirán los historiadores futuros sobre la Europa de 2018?

Antony Beevor, autor de varios best sellers de historia, se muestra pesimista y predice que los dilemas morales del futuro terminarán de desbaratar la democracia liberal europea. Según Beevor, la crisis migratoria de 2015 no es más que la punta del iceberg.

Pero hay quienes lo ven de otra manera. Niall Ferguson, historiador económico, dice que el mayor problema que enfrenta Europa no es el populismo, sino la unión monetaria incompleta del euro.

“Hace un siglo Europa era el centro del mundo, por más que ese centro fuese oscuro y trágico -dice por su parte el pensador francés Dominique Moïsi-. Hoy podríamos volver a la tragedia, pero no a la centralidad”.

Publicidad