El Barcelona, estirando un poco del hilo y atando varios cabos, ya ha empezado a hacerse una idea de lo que ocurrió la semana pasada con la ‘espantada’ de Ousmane Dembélé. La noche del miércoles, el delantero blaugrana reunió a sus amigos en su domicilio particular de la zona alta de Barcelona para jugar con la consola de videojuegos.

© Proporcionado por ASEl problema es que al final perdieron la noción del tiempo y acabaron la partida a altas horas de la madrugada. Dembélé se olvidó de activar la alarma del despertador en el móvil y se fue a dormir. Finalmente quien le acabó localizando en el móvil fue el delegado del club, Carles Naval, al filo de las 11.30 horas cuando el entrenamiento era a las 11 horas. El jugador, visiblemente nervioso y consciente que había metido la pata hasta el fondo, se excusó alegando que tenía “mal de barriga”. Un doctor del club acudió por la tarde al domicilio del jugador constatando que el delantero se encontraba ya plenamente recuperado de esas supuestas molestias estomacales.

Así pues, y visto con perspectiva, estaríamos ante un simple error de juventud que nos podría pasar a cualquiera de nosotros. La contrariedad que vive el club es que con Dembélé no se trata de algo pasajero sino que ha convertido los actos de indisciplina en una rutina de su vida diaria. No estamos hablando de actos en sí graves -a excepción del que protagonizó el pasado jueves al no informar de su ausencia-, sino de retrasos y despistes básicamente, pero lo cierto es que poco a poco han ido minando la relación de confianza con los técnicos y el vestuario.

El principal obstáculo que han detectado en el club es que no tiene a nadie que vele ni controle sus rutinas diarias. De hecho, durante la reunión que se celebró el pasado lunes entre el club y el representante del jugador se abordó este tema en concreto y la forma de solucionarlo. Es cierto que tiene un chófer proporcionado por la entidad, pero no está todo el día con él, mientras que el cocinero francés que le puso el club para controlar su dieta fue despedido por el jugador por diferencias irreconciliables.

Así pues, Dembélé está prácticamente solo en Barcelona. Bueno eso no es del todo cierto porque le acompaña una pléyade de amigos que residen en su vivienda. Y la verdad es que no estamos hablando de unos ‘farreros’ que aprovechan el tiempo para disfrutar de la noche del Barcelona sino más bien están todo el día recluidos en casa. Y ese es el problema por extraño que parezca, ya que Dembélé y sus amigos ‘matan’ el tiempo jugando a videojuegos, pero no solo unas horas sino de una manera compulsiva.

De hecho, en la Organización Mundial de la Salud (OMS) han incluido ya la obsesión por los videojuegos como una adicción más que se ha de tratar. Ahí radica la preocupación del Barcelona que considera que el jugador tiene un desorden por culpa de su obsesión con los videojuegos. Un problema que está repercutiendo negativamente en su profesión y en su relación con los compañeros.

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