Ante los ojos de los adultos, la rutina de los niños muchas veces parece despreocupada, sin mayores responsabilidades que podrían causar estrés. No obstante, la muerte de algún familiar, el nivel de exigencia en el colegio, el hostigamiento escolar, dinámicas familiares disfuncionales, la llegada de un nuevo miembro a la familia, la separación de los padres, o el fin de año son factores que pueden influir en el estado anímico de un menor.

Chile presenta uno de los mayores índices de problemas de salud mental en menores de seis años, donde el estrés, la depresión y la angustia son algunos de los principales trastornos que se observan.

Indicios del estrés en la infancia son diferentes a los que se presentan en la etapa adulta. Los niños perciben y entienden la realidad de manera distinta. Pueden ser, baja en el rendimiento o desmotivación, llanto repentino, problemas de atención/concentración, irritabilidad o ansiedad, trastornos del sueño, problemas de alimentación o aparición de enuresis o incontinencia urinaria.

Los niños no expresan su malestar con palabras, ya que muchas veces no saben poner nombre a sus sentimientos.

Recomendaciones para prevenir el desarrollo de un episodio de ansiedad, son lecturas antes de ir a dormir. Una excelente opción para ayudar al niño a relajarse antes de iniciar el sueño.

Yoga y ejercicios de meditación, son muy efectivas para potenciar la relajación y mejorar la tranquilidad del menor. Lo ideal es inculcarlas en la infancia para que el niño pueda usar estas técnicas a lo largo de su vida.

Atender la ansiedad. Las situaciones nuevas generan gran ansiedad en los niños, por lo que es importante que los padres aborden los cambios y conversen sobre dicho escenario.

Afrontar los problemas. Si el niño tiene miedo a alguna situación concreta, enfrentarla junto a él y busquen la solución al problema, pero jamás la evite.

Llevarlo al parque, andar en bicicleta y subir un cerro, son algunas actividades que pueden beneficiar la salud del niño, más aún si es en compañía de los padres.

Dar espacio para equivocarse y que se entienda como parte del proceso de aprendizaje. Son experiencias que llevan a comprender que son pasos para llegar a un resultado. Son importantes para que el menor crear espacios de confianza y resolución de conflictos sin la compañía de sus padres.

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