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Lo que ocultaba la vida privada de Hitler

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“Es obvio que un hombre tan implicado en la vida política como el Führer debe sacrificar su vida personal. Incluso si quiere escapar de sus labores oficiales, los problemas políticos le persiguen a todas partes hasta la esquina más lejana de nuestra patria alemana, ya sea un pueblecito en las dunas del mar Báltico o en la casa Wachenfeld en el Obersalzberg”. Así arrancaba un texto titulado ‘La vida privada del Führer’, parte de un libro ilustrado publicado en 1936 por el general de las SS Wilhelm Brückner. Un complaciente y algo inverosímil retrato del líder nazi como político comprometido, hombre con inquietudes culturales y amigo de los niños y los animales.

Que un alto militar nazi publique un artículo así parece razonable. No lo es tanto que artículos no tan diferentes apareciesen en medios extranjeros como la revista inglesa ‘Homes & Gardens‘, que en 1938 dedicó un reportaje al destino vacacional del Führer en Baviera, en el que se podían leer observaciones como que “las cortinas son de lino estampado” o que “ha sido decorado por el propio Führer”. O el retrato realizado por C. Brooks Peters para ‘The New York Times’ en la primavera de 1941, cuando la Segunda Guerra Mundial llevaba casi dos años en marcha y Occidente comenzaba a descubrir la faceta más genocida de ese afable amante de los niños y los animales que aparecía en dichos artículos con la mejor de sus sonrisas. También, ‘Vogue’ o ‘Life’. De todos los frentes propagandísticos que Hitler tenía abiertos, no lo había sido difícil vencer en el de su vida privada.

Hitler fue pionero en la humanización y blanqueamiento de personajes controvertidos, algo que llega hasta nuestros días, con la cercana representación de Matteo Savini, ministro del interor italiano, entre las sábanas, en actitud relajada. En el caso de Hitler, esta imagen ‘casual’ estaba estrechamente vinculada con el Berghof, su segunda residencia en el Obersalzberg, un chalet en una zona montañosa en la que llegó a pasar casi la mitad del año y que le proporcionaba el telón de fondo perfecto a la hora de vender su imagen de hombre trabajador, modesto y campechano. “Alguna gente se pregunta por qué el Führer eligió el Obersalzberg”, explicaba el reportaje publicado por Brükner. “Cualquiera que haya estado ahí, sin embargo, sabe que probablemente no hay otro lugar en Alemania donde uno pueda estar más cerca de las montañas, y aun así, tener una vista tan amplia y abierta del esplendor del mundo”. Ni a Leni Riefenstahl se le habría ocurrido una imagen mejor.

Una rutina ‘fake’

Como recuerda la historiadora de la Universidad de Buffalo Despina Stratigakos en ‘Hitler at Home‘, el diseño y representación fotográfica de los lugares en los que vivió el dictador fue clave a la hora de crear una imagen idealizada tanto para sus compatriotas como fuera de sus fronteras. “Cuando pensamos en la puesta en escena del poder político de Hitler, es más probable que nos imaginemos los congresos de Nüremberg que su habitación”, recuerda. “Pero era a través de la arquitectura, el diseño y las descripciones de los medios de comunicación de sus hogares como el régimen nazi alimentó el mito del Hitler íntimo como una persona hogareña, pacífica y un buen vecino”.

Una de las típicas estampas de Obersazlberg. (Cordon Press)© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. Una de las típicas estampas de Obersazlberg. (Cordon Press)

De todos sus hogares (la Cancillería, su apartamento en Múnich) no hay otro tan vinculado a la imagen idílica de Hitler como la de los verdes parajes alpinos del retiro de Obersalzberg, donde contaba con Heinrich Hoffmann como su fotógrafo oficial. “La cámara de Hoffmann capturaba al führer desocupado repartiendo golosinas a ciervos y niños, al sol aparentemente perfecto de los Alpes”, recordaba la autora. “En esta propaganda producida oficialmente, los alemanes consumían fantasías de una vida doméstica ideal que tenía sus raíces en los paisajes oficiales. Estas imágenes ‘hogareñas’ capturaban una tierra prometida de abundancia y felicidad tras años de sufrimiento, belleza entrelazada con la brutal política del régimen de guerra y exterminio”. Hitler en Obersalzberg, aplaudido por sus seguidores y pasando el día entre familia y amigos, era el epítome de la felicidad aria.

Por supuesto, no se trataba tan solo de imágenes, sino también de rutinas. Según los reportajes propagandísticos, Hitler se levantaba pronto para leer los periódicos de la mañana, aunque se hubiese acostado tarde. Nada de resúmenes, matizaba Brückner, lo hacía él mismo. A continuación, su asistente personal le recordaba su agenda diaria. Entonces, desayunaba y comenzaba sus reuniones con distintos ministros, colaboradores y demás. Entre cita y cita, leía las toneladas de cartas que, al parecer, recibía cada día. Y, para rematar la faena, daba un largo y “vigoroso” paseo por las montañas, disfrutando de las espectaculares vistas ofrecidas por el lago del Rey (Königsee), o quizá pasando a visitar a la casa de su buen amigo Göring. Un panorama en el que raramente aparecía Eva Braun, pues podía contradecir el estereotipo de hombre célibe, completamente dedicado a su obra.

Tras tanta actividad, Hitler apuraba sus días “en el jardín, con sus sabuesos de caza, que le profesan un gran afecto”. En invierno, “observa pensativamente los pájaros reunidos en los comederos, que devoran lo que Adolf Hitler les ha preparado por la mañana”. Resulta llamativo comprobar cómo todas las narraciones sobre la cotidianidad bávara del Führer son prácticamente iguales, e inciden en su amor por la naturaleza, los animales, los niños y el arte. Como recuerda la profesora Brett Ashley Kaplan de la Universidad de California en su análisis publicado en ‘Comparative Literature’, el Obsersalzberg es representado como “una montaña rústica que concilia la nostalgia de Baviera y el kitsch nazi, un retrato que ignora la violencia que siempre fue parte esencial del régimen nazi y permite al régimen oponer el ‘peligro’ de la ciudad cosmopolita (y judía) con la supuesta ‘simplicidad’ de la vida del pueblo de las montañas”.

En el saloncito del Berghof. (Heinrich Hoffmann)© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. En el saloncito del Berghof. (Heinrich Hoffmann)

Ni qué decir tiene que este retrato idílico de la vida cotidiana de Hitler tenía muy poco que ver con la realidad. Si atendemos a las palabras de una de las mujeres que trabajaron como sirvientas del Führer en el Berghof, Elizabeth Kalhammer, era todo lo contrario, si bien es cierto que los años que pasó sirviendo al Führer (de 1943 a 1945) no fueron precisamente los mejores de su vida. Según la mujer, Hitler nunca se levantaba antes de las dos de la tarde y no se acostaba antes de las cuatro de la madrugada, después de copiosas cenas con entre 10 y 15 invitados. A menudo, además, se levantaba en mitad de la noche para comer tarta.

La tumba de una leyenda

El mito ha rodeado siempre a la vida privada de Hitler, especialmente en lo que concierne a su vida sexual, y la información proviene, por lo general, de los contradictorios testimonios de su círculo más cercano: él mismo destruyó su documentación personal una semana antes de suicidarse en su búnker. Un trabajo exhaustivo a ese respecto es el realizado por Harald Sandner, un alemán obsesivo que tras 25 años de investigación publicó ‘El itinerario’ (‘Das Itinerar’), un recuento detallado de la vida del Führer día a día. Una de las conclusiones a las que llegaba es que Hitler podía pasar semanas trabajando y, de repente, tomarse otro tiempo semejante descansando… y, como sugieren los retratos de sus estancias en Obersalzberg, dando largos paseos por el bosque.

Con las Juventudes Hitlerianas, en 1937. (Cordon Press)© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. Con las Juventudes Hitlerianas, en 1937. (Cordon Press)

Desde su muerte en 1945, historiadores y curiosos han intentado dar con la piedra Rosetta que permita entender quién era realmente Adolf Hitler. Ya en mayo de 1945, menos de un mes después de la muerte del dictador, el doctor Theodor Morell, que examinó diariamente al dictador durante sus últimos nueve años de vida (y le proporcionó regularmente su cóctel de drogas), confesaba que el líder nazi sufría de doble personalidad, aunque negaba el entonces difundido rumor de que su furia le llevaba a masticar alfombras. Para Morell, había dos Hitler: uno de gran determinación, fuerza y crueldad, y otro introvertido, deprimido e inseguro.

Las imágenes del Obersalzberg funcionan como un anverso luminoso de la perversión nazi, una encarnación de los supuestos ideales germanos con su consabido amor por el montañismo que se reflejaba en el ‘bergfilm‘, las películas de montaña, uno de los géneros distintivos de la Alemania prenazi y nazi. “La elegancia del complejo de vacaciones nazi en los Alpes ofrecía una poderosa contraimagen del genocidio y otras atrocidades”, concluye Kaplan. “Pero el Obersalzberg no era simplemente un retiro de vacaciones, también era el lugar donde se tomaban muchas decisiones militares”. Como el régimen nazi, el Berghof se vino abajo en 1945, con la llegada de los aliados llegaron al conocido como “Nido del Águila”: fue bombardeado el 25 de abril y saqueado el 4 de mayo. Finalmente, en 1953, fue derruido para siempre. ¿Para qué? Para detener las peregrinaciones de simpatizantes hitlerianos, que intentaban encontrar en su antiguo retiro espiritual el rastro de la (impostada) paz de las montañas germanas. El mito nunca fue real.