La primera vez que me sometí al test para detectar el VIH tenía 19 años. En ese momento, hace ya cinco años, había tenido ‘mis primeras veces’ y preferí hacérmelo, a pesar de que sabía que no tenía mucho riesgo, que estaba chico y de que sólo había tenido dos parejas sexuales.

Luego de eso repetí el examen cuando tenía 21, pero el gran impacto vino cuando me sometí al test por tercera vez, el año pasado.

Fui a Acción Gay, donde el examen es gratis o sólo con un aporte, y también, fue como para controlarme y cachar cómo estaba. En esa ocasión desde el principio fue extraño. El día que debían llegar todos los resultados el mío no estaba y obvio me pareció raro, porque con este tipo de análisis siempre son muy ordenados y meticulosos.

El mío en ese momento no llegó y me pidieron que fuera en cinco días más, y ahí me encontré con la ‘sorpresita’. Me pasó mi resultado en un sobre, pero me pidieron abrirlo en la misma oficina, lo que también me llamó la atención. La persona que me atendió me explicó cómo se leía el informe, asegurándome que sí había una parte destacada en amarilla, era porque estaba positivo.

Ahí yo ya pensaba ‘este loco ya se sabe la respuesta’. Cuando abrí el sobre vi destacada una frase que no recuerdo bien lo que decía, pero te instaba a realizarte un examen de repetición, que tiene siete etapas de análisis y que se demora más. En ninguna parte salía que estaba positivo, pero como ya me habían advertido, en lugar de decírtelo directamente, salía que tenía que hacerme un test de corroboración.

Todavía no podía reponerme del impacto cuando vino otra frase que no habría querido escuchar nunca: “Lo más probable es que estés positivo, son bajas las probabilidades de que te salga negativo. Nunca he visto un caso de repetición que salga negativo”, me aseguró esta persona ¡Fue brígido, no me lo podía creer! ¿Cómo iba a creerles a ellos que yo tenía algo, si no sentía nada?

En esos minutos antes de sacarme la muestra de repetición pensaba ¿de dónde vino esto? ¿quién fue? Tampoco tenía tantas opciones y dudaba de que las personas con las que me había involucrado pudieran haberme ‘contagiado’. Se detuvo el tiempo. Esta persona me hablaba, pero yo sólo estaba concentrado en el edificio de atrás, mientras sentía que las cosas sólo sucedían a mi alrededor. Yo no era parte de eso, me detuve tratando de entender lo que estaba pasando y buscar explicaciones.

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Un rato después como que reaccioné e hice muchas preguntas, sobre todo lo que se me venía y los protocolos a seguir. Sabía que no me iba a morir, pero también entendía que esto me iba a comenzar a limitar la vida, desde el punto de con quiénes podía compartir el diagnóstico.

¿A qué resultado le creo?

Cuando salí del laboratorio, decidí no contar nada. En medio de la incertidumbre y el miedo preferí conscientizarme de que esta enfermedad está controlada, que tiene tratamiento, que puedo llevar mi vida tranquilamente si tengo las precauciones correspondientes, pero no todos lo ven así.

Traté de ocupar todo el tiempo que tenía disponible, porque cuando había espacios para pensar demasiado, eso me agobiaba. Un posible rechazo de mi familia, amigos y entorno me parecía terrible de afrontar.

Fueron dos semanas eternas, a pesar de que seguí ‘con mi vida normal’, el ritmo de las cosas había cambiado. Sumido en esa incertidumbre me hice un test de Elisa en otro laboratorio, el nervio interior me comía, y el resultado de este no ayudó a cambiar el panorama. Salió negativo, pero ahora la pregunta era ¿con cuál respuesta me quedo? No tenía otra que esperar.

A pesar de que al transcurrir las dos semanas recibí dos resultados que daban cuenta de que era VIH negativo, aún tengo el sabor de la duda y hasta ahora pienso que pueden haberse equivocado con mis análisis.

Desde ahí, por muy cliché que pueda sonar, tengo ganas de hacer muchas cosas. Siento un reloj, tengo que hacer todas las cosas que pasan por mi mente.

Además, a diferencia de lo que creía, en cuanto a que me costaría iniciar nuevas relaciones, fue todo lo contrario. El haber sentido por dos semanas que era VIH positivo, me desaté. Sentí ‘es ahora o nunca’, pero cuidándome siempre. Esa es la clave.

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