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Lo que tu celular le está haciendo a tu cerebro

  • Los científicos no han certificado aún que la tecnología esté destruyendo nuestros cerebros, pero sí están bastante seguros de que es adictiva y puede llevar a la depresión.
  • También está ralentizando nuestros procesos de pensamiento.
  • Según una investigación algunas de las tareas sería mejor no transferirlas a nuestros móviles.
  • Esta es una entrega de la serie “Your Brain on Apps” (Tu cerebro en las aplicaciones) de Business Insider US que investiga cómo las aplicaciones adictivas pueden influir en el comportamiento.

Durante todo el día nos inundan las interrupciones y alertas de nuestros dispositivos. Lossmartphones suenan para despertarnos, los correos electrónicos llegando a nuestras bandejas de entrada, las notificaciones de compañeros de trabajo y amigos lejanos aparecen en nuestras pantallas, y los “asistentes” repican con sus voces sin alma.

Tales interrupciones parecen lógicas para nuestra mente: queremos que la tecnología nos ayude en nuestras vidas atareadas, asegurando que no perdemos ninguna de nuestras citas y comunicaciones importantes.

Pero nuestros cuerpos tienen una visión diferente de todo esto: estas continuas alertas hacen que nuestras hormonas del estrés entren en acción, encendiendo nuestra respuesta de lucha o huida; nuestros latidos se aceleran, nuestra respiración se tensa, nuestras glándulas sudoríparas se abren y nuestros músculos se contraen. Esa respuesta tiene la intención de ayudarnos a escapar del peligro, no responder a una llamada o mensaje de texto de un colega.

Simplemente no estamos hechos para vivir así

Nuestras aplicaciones están sacando partido de nuestras necesidades de interacción social y seguridad, mientras que los investigadores están comenzando a ver cuán terrible es esta dependencia del teléfono móvil para nosotrosUn total del 89% de los estudiantes universitarios encuestados para un estudio afirman sentir vibraciones “fantasmales”, imaginando que su teléfono está llamando su atención cuando en realidad no ha sonado.

Otra investigación recoge que el 86% de los estadounidenses declara revisar sus cuentas de correo electrónico y redes sociales “constantemente”, algo que realmente los está estresando.

Las notificaciones de nuestros teléfonos están entrenando a nuestros cerebros para que se encuentren en un estado casi constante de estrés y miedo mediante el establecimiento de una vía de memoria de miedo al estrés. Así lo ha declarado el endocrinólogo Robert Lustig a Business Insider US . Y tal estado significa que la corteza prefrontal, la parte de nuestro cerebro que normalmente trata con algunas de nuestras funciones cognitivas de orden superior, se pueda volver totalmente descontrolada, y básicamente se apague.

“Terminas haciendo cosas estúpidas”, describe Lustig. “Y esas cosas estúpidas tienden a meterte en problemas”.

Tu cerebro solo puede hacer una cosa a la vez

Los científicos saben desde hace años lo que la gente a menudo no se admite a sí misma: los humanos, realmente, no pueden realizar múltiples tareas a la vez. Esto es una certeza para casi todos nosotros: aproximadamente el 97,5% de la población. El otro 2,5% tiene habilidades consideradas extrañas; los científicos los llaman “super taskers” (supertareas) porque realmente pueden hacer con éxito más de una cosa a la vez. Pueden conducir mientras hablan por teléfono, sin comprometer ni su capacidad para hablar ni su facilidad a la hora de cambiar de marcha.

Pero dado que solo 1 de cada 50 personas son consideradossuper task, el resto de nosotros, meros mortales, realmente solo nos centramos en una cosa a la vez. Esto significa que cada vez que hacemos una pausa para responder a una nueva notificación o al recibir una alerta de una aplicación diferente en nuestro teléfono, estamos siendo interrumpidos, y con esta interrupción pagamos un precio: algo llamado “switch cost“, que podría traducirse como “coste de cambio”.

A veces, el cambio de una tarea a otra nos cuesta solo unas décimas de segundo, pero a lo largo de todo un día de intercambios entre ideas, conversaciones y transacciones desde un móvil o un ordenado, nuestros costes de cambio realmente pueden ir sumándose,haciéndonos con ello más propensos a los errores. El psicólogo David Meyer, quien ha estudiado este efecto, estima que el cambio entre tareas puede consumir hasta el 40% de nuestro tiempo cerebral, que de otro modo resultaría productivo.

Cada vez que cambiamos de tarea, también nos enchufamos a nosotros mismos una dosis de la hormona del estrés llamada cortisol, explica el endocrino Robert Lustig. El cambio de tarea hace que nuestra corteza prefrontal reflexiva y razonadora, se aletargue al tiempo que se estimula la dopamina, sustancia química de nuestro cerebro que hace que repitamos conductas.

En otras palabras, el estrés que generamos al tratar de hacer muchas cosas a la vez, cuando realmente no podemos, nos enferma y nos hace desear aún más interrupciones, aumentando la dopamina, lo que perpetúa el ciclo.

Más tiempo de móvil, cerebro más perezoso

La velocidad de procesamiento de información de nuestros cerebros no supera los aproximadamente 60 bits por segundo.

Cuantas más tareas tengamos que hacer, más tendremos que elegir cómo queremos usar nuestro precioso poder cerebral. Por lo tanto, es comprensible que deseemos transferir parte de nuestra carga de trabajo adicional a nuestros móviles o asistentes digitales para liberar tareas.

Pero hay algunas pruebas que parecen indicar que delegar tareas de pensamiento a nuestros dispositivos no solo podría estar enfermando nuestros cerebros, sino también volviéndolos más perezosos.

Los investigadores han descubierto que los pensadores más inteligentes y analíticas son menos activas en los  motores de búsqueda de sus smartphones que otras personas. Eso no significa que usar tu teléfono para buscar te haga “más tonto”, simplemente podría ser que estas personas brillantes están buscando menos porque simplemente saben más. Pero el vínculo entre un pensamiento menos analítico y un mayor desplazamiento de estas tareas a teléfonos inteligentes sí que está ahí.

También sabemos que leer información nueva en su teléfono puede ser una manera terrible de aprender. Los investigadores han demostrado que las personas que toman información compleja de un libro, en lugar de servirse de una pantalla, desarrollan una comprensión más profunda y también se involucran en un pensamiento más conceptual.

Las nuevas investigaciones sobre docenas de usuarios de teléfonos inteligentes en Suiza también sugieren que mirar nuestras pantallas podría hacer que tanto nuestro cerebro como nuestros dedos estén más nerviosos.

En una investigación publicada este mes, psicólogos e informáticos encontraron una conexión inusual y potencialmente preocupante: cuanto más clicamos, publicamos entradas en redes sociales o nos movemos con el scroll  más “ruidosas” se vuelven nuestras señales cerebrales. Ese hallazgo tomó a los investigadores por sorpresa. Por lo general, cuando hacemos algo muy a menudo nos volvemos más rápidos y más eficientes en dicha tarea.

Pero los investigadores piensan que algo diferente sucede cuando nos adentramos en las redes sociales: la combinación de socializar y usar nuestros dispositivos móviles para ello podría estar cobrando un alto precio a nuestros cerebros.

Este comportamiento social “podría estar requiriendo más recursos al mismo tiempo”, que van desde nuestro cerebro hasta nuestros dedos, explica el autor del estudio, Arko Ghosh. Y eso es aterrador.

¿Debería ser tabú usar el móvil en público?

A pesar de estos hallazgos preocupantes, los científicos no están diciendo que disfrutar de nuestras aplicaciones favoritas sea automáticamente algo destructivo para nosotros. Pero sí empezamos a saber que ciertos tipos de uso de los móviles parecen resultar especialmente perjudiciales.

Algunos estudios indican que Facebook puede causar cierta depresión en los adultos jóvenes. Los investigadores que han estudiado el bienestar emocional de los estudiantes universitarios encuentran un vínculo directo: cuanto más a menudo la gente revisa Facebook, más infelices son. Pero la verificación incesante del móvil e inductora de la infelicidad no se detiene ahí. Juegos como Pokemon GO o aplicaciones como Twitter pueden resultar adictivas y dejar al cerebro anhelando nuevas novedades.

Las aplicaciones adictivas están diseñadas para recompensar al cerebro, otorgándole un aumento de placer cuando a alguien le gusta nuestra foto o recibimos comentarios en una publicación. Esta forma de gamificación o de estrategia de juego se establece en un horario impredecible. Esto es conocido como un “variable ratio schedule” “programa de ratio variable” y es algo por lo que el cerebro humano enloquece.

Esta técnica no solo es utilizada por las redes sociales; más bien está en todo internet. Las tarifas de las aerolíneas caen con solo un clic del ratón. Ofertas con exceso de existencias que están allí un minuto y se van al siguiente. Notificaciones de Facebook que cambian en función de dónde están nuestros amigos y de qué están hablando. Tenemos que tenerlo todo, tenemos que tener más, y tenemos que tenerlo ahora. Estamos rascando picaduras adictivas desde todas nuestras pantallas.

Lustig dice que incluso este tipo de aplicaciones no son inherentemente malvadas. Solo se convierten en un problema cuando se les otorga rienda suelta para interrumpirnos, tirando del deseo de golosinas tentadoras de nuestros cerebros, engañando a estos para que siempre quieran más.

“No soy antitecnología per se“, comenta Lusting. “Soy más bien antitecnología de recompensa variable. Porque esta está diseñada específicamente para que sigas mirándola”.

Lustig dice que quiere cambiar trazando límites en torno al uso socialmente aceptado de los smartphones. Si podemos generar un tabú en torno a la adicción a los móviles (de igual manera que sobre fumar dentro de los edificios, por ejemplo), la gente tendrá que empezar a relegar el tiempo de su teléfono fuera de lugares y horarios concretos, dando un respiro a sus cerebros.

“Mi esperanza es que lleguemos a un punto en el que no puedas sacar tu móvil en público”, sentencia Lustig.

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