Managua (Nicaragua).- De día, la luz trae paz y sosiego a Managua. Pero cuando las sombras extienden su manto sobre una de las ciudades que hasta hace poco era de las más seguras de América Latina, aparecen las malas vibraciones. Los disparos. La muerte. Y es que la capital de Nicaragua es ahora una urbe con dos caras.

Cuando apenas ha salido el sol, un camarero llega a su puesto de trabajo en un céntrico hotel de la capital. Agarra su equipo, pone su uniforme blanco impoluto y empieza su jornada de trabajo. Tiene la mirada pensativa, perdida. Demasiadas cosas en su cabeza.

Está intranquilo. Coloca y limpia cubiertos con agilidad mientras sus compañeros empiezan a llegar. Escalonadamente. Y pocos. Su jefe se ha visto obligado a reducir personal durante las últimas semanas debido a la crisis sociopolítica que atraviesa el país. Ya casi no hay clientes. Ni paz. Ni aliento.

“No sabemos qué va a pasar”, asegura mientras limpia con un paño verde cinco copas. El cocinero, un chico joven y menudo, pregunta si hay pedidos. “Ninguno”. Pero es temprano. “Seguro que vienen los tres de siempre a desayunar”. Cruza sus dedos y se retira esperando que aparezcan. Su trabajo pende de un fino hilo que está a punto de romper.

A unas cuadras, Lucía instala su puesto ambulante como cada día, solo que ahora se marcha antes. “Cuando empieza a caer la noche ya no es seguro”. Tiene comida criolla. Casera. De esa que con su olor atrapa a muchos. A los que quedan. Los que todavía caminan. “Cada vez tengo menos clientes. No sé que va a pasar”.

Nadie sabe que va a pasar. Nadie. La situación de Nicaragua no solo ha dejado más de un centenar de muertos, miles de heridos y una cifra incontable de desaparecidos.

Las secuelas de esta crisis van más allá. Afectan a los ciudadanos de a pie. A los que viven día a día. A los que trabajan por el futuro de su familia mientras pueden.

Muchos de los establecimientos están cerrados y los que no, están casi vacíos. Pero es de día cuando todavía hay calma. Cuando se respira serenidad. Cuando la gente va y viene. Cuando en Managua aún se ve esa vida y esos colores que siempre formaron parte de su identidad.

Pero con la noche viene el miedo. El desasosiego. El recelo. La incertidumbre. Todos apuran para llegar a su casa antes de las seis de la tarde. “Es peligroso”. También el camarero. El restaurante cierra ahora antes por la seguridad de sus trabajadores. Hace unos días, a solo unas cuadras, una camioneta grande pasó “rafagueando”.

Disparaba a lo que se movía. “Quieren instaurar el miedo”. Y lo están consiguiendo. Aseguran que son grupos afines al Gobierno de Daniel Ortega y de Rosario Murillo. Los mismos que disparan contra los estudiantes. Pero no lo saben. O tienen miedo de saberlo.

Muchos nicaragüenses bajan la mirada al ver pasar a extraños. Mas algunos aún tienen una sonrisa pícara en la cara. Esta ola de violencia no les ha arrebatado eso. Todavía. No es tiempo de reír, pero sí de esperanza.

“Esto terminará. Daniel se irá y podremos volver a la tranquilidad”. Es un agente de seguridad privada el que todavía tiene un halo de esperanza en su voz. Es joven. Su ilusión y su visión es inocente como la de un niño.

Son tiempos de terror. Ahora la gente no sale de noche o intenta no hacerlo. Y es que con la oscuridad aparecen los peores monstruos de las pesadillas. Aquellos que no te dejan dormir o, peor aún, los que te pueden dormir para siempre.

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