Mucho me temo que en los próximos días, prorrogables a semanas, vamos a hablar y escribir mucho, pero que mucho, sobre Gareth Bale. Ese jugador que en el verano de 2013 llegó al Real Madrid como alternativa más que solvente para contraprogramar el fichaje de Neymar por el Barcelona y que, a su vez, con el tiempo estaba predestinado a ser por aquello de la edad el heredero del trono de Cristiano Ronaldo sobre el césped del Bernabéu. El galés hará 28 años en julio y el portugués cumplió 33 en febrero.

De momento, entre lesiones, recuperaciones largas, competencia directa, mínima adaptación y otras gaitas, el galés ni alcanzó el rendimiento de Neymar, ni ha acumulado méritos para pensar que algún día puede sentarse en el sillón de oro de Cristiano Ronaldo. En su quinta temporada vestido de blanco, Bale continúa buscando su espacio natural y por no ser no es ni titular indiscutible.

Sólo Zidane, y cabe suponer que sus más allegados, conocen el once de la final de Kiev. Solo ellos manejan si el sprint desesperado lanzado por Bale en las últimas semanas con goles y buen juego le valdrá para ser titular. O por el contrario, tendrá más peso su rendimiento en el resto de una temporada en la que se ha vuelto a comportar como un auténtico Guadiana, ahora aparezco, ahora desaparezco.

No se puede ser tan osado como para negar, ni siquiera cuestionar, su indudable calidad individual, su potencial físico y su capacidad para hacer goles, pero sí se puede poner en tela de juicio su puesta en escena. La misma que le ha conducido a una situación tan inverosímil en la que todavía se desconoce cuál es su puesto ideal sobre el terreno de juego y por qué no ha sido capaz de adaptarse al Real Madrid, ni al club ni al vestuario, después de tanto tiempo.

Particularmente aún dudo, si es más conveniente que Bale juegue por la derecha a pierna cambiada y buscar el remate con la zurda; por la izquierda a pierna natural para poner esos centros tan tocados y bien dirigidos; o de teórico delantero centro, en posiciones más cercanas al área y por lo tanto más cerca del gol, que es donde parece que prefiere jugar para ser más protagonista, pero donde tiene menos espacios. Esos que necesita para imponer sus virtudes. Tampoco termino de tener claro si sus enormes condiciones técnicas y físicas se acoplan mejor al 1-4-3-3 en el que la BBC alcanza la máxima expresión o caben también en el 1-4-4-2 con él en cualquiera de las dos bandas.

Sea como fuere, a estas alturas de su trayectoria blanca, Bale se juega en la final de mañana mucho más que sus compañeros. Su continuidad en el club blanco, a día de hoy, se antoja complicada, sobre todo mientras el objetivo número uno para la temporada próxima continúe siendo Neymar. Bale no cabe en un once con Cristiano y Neymar. Trivial. Ni siquiera ha entrado en esta misma temporada en un once solo con Cristiano y sin Neymar.

 Además, el traspaso de Bale sería necesario para el fichaje de Neymar. Sí o sí. Una operación financiera tan costosa y compleja como la del brasileño no se podría llevar a cabo sin los 100 millones que puede dejar el galés en la caja. Del mismo modo que si la llegada de Neymar se retrasa un año, la salida de Bale ya no sería tan necesaria.

Entre otras razones porque el Real Madrid no vislumbra ningún otro crack mundial para fichar que no sea el brasileño, ya sea este verano o el siguiente. Ni Kane, ni Lewandovski, ni Salah. En la tensa espera, entre los que mandan en el club todavía hay alguno que sueña que la final de Kiev sea la final de Bale y su trampolín de lanzamiento a un futuro mejor… vestido de blanco. Por algo tiene contrato en vigor hasta 2022 y una edad deseable.

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