Dicen los politólogos que la vieja dicotomía derecha-izquierda o conservador-progresista ha quedado superada por la guerra cultural, y reemplazada por el debate cerrado-abierto. Con los votantes de Trump, los británicos partidarios de la salida de la Unión Europea, Le Pen, Orban, Alternativa para Alemania, los autoritarismos y populismos diversos, la nueva coalición de gobierno italiana o los españoles que consideran intocable la Constitución en el primero de esos bloques, el que dice closed (cerrado), se aferra a lo viejo conocido y se resiste a los cambios políticos impulsados –entre otros factores– por los vientos globalizadores.

Para Irlanda ha llegado su momento Trump o Brexit, la hora de la definición entre lo cerrado y lo abierto, con el referéndum de hoy sobre el aborto y la posibilidad de derogar la octava enmienda de la Constitución del país, que prohíbe casi totalmente esa práctica al considerar iguales los derechos del feto y de la madre, aunque la salud de esta corra peligro. En el último cuarto de siglo, 170.000 mujeres irlandesas –un promedio de 6.800 al año, o 18 al día– han viajado al extranjero (en su mayoría a Liverpool, la ciudad inglesa más cercana) para terminar sus embarazos no deseados.

Los últimos sondeos dan una clara ventaja a los partidarios de suprimir la prohibición al aborto (56% frente a 27%, con el 17% de indecisos), pero el fracaso de los encuestadores a la hora de pronosticar la victoria de Trump, el Brexit o el resultado de las dos últimas elecciones generales británicas han sembrado la semilla de la duda. ¿Será la Irlanda cerrada, la del campo y los pueblos pequeños, de las tradiciones y el catolicismo más conservador, capaz de neutralizar los deseos de la Irlanda abierta, la de los jóvenes, las feministas, los intelectuales, los universitarios y la diáspora que en la última década ha abandonando la isla huyendo de la crisis?

En el último cuarto de siglo 170.000 mujeres irlandesas han viajado al extranjero, sobre todo Inglaterra, para abortar

En circunstancias normales, la Iglesia católica –todavía muy influyente, aunque cada vez menos– habría liderado la oposición al aborto, y tal vez entonces el resultado habría sido otro. Pero con su autoridad moral disminuida –o desaparecida– por culpa de los escándalos de abusossexuales por parte de curas y explotación de mujeres por parte de monjas, ha hecho su campaña a través de apoderados. Su posición ha quedado clara, pero la mayoría de los sacerdotes han guardado silencio, dejando el asunto en manos de asociaciones cristianas bajo su paraguas, invitadas a dirigirse a los feligreses después de las misas.

Todo el establishment político se ha declarado partidario de la modernización, empezando por el primer ministro Leo Varadkar, el Labour, el Sinn Féin, los principales periódicos y la inmensa mayoría de comentaristas (los dos principales partidos, Fianna Fáil y Fine Gael, han preferido nadar y guardar la ropa, dejando la decisión a la “conciencia de sus seguidores” para no granjearse más enemistades de las estrictamente necesarias). Si la octava enmienda es eliminada esta noche cuando se cierren los colegios electorales a las diez, el tema pasará al Parlamento, que votará un aborto sin restricciones en las primeras doce semanas de embarazo (uno de los más liberales de Europa), y hasta los seis meses en casos extremos, de deformación del feto o peligro para la salud de la madre, por prescripción médica y el consentimiento de dos doctores.

Desde 1980, la Iglesia y el establishment conservador han ido perdiendo una batalla tras otra. Primero, la que permitió los métodos anticonceptivos, luego la que legalizó el divorcio, finalmente, hace tres años, la que dio vía libre (por un amplio margen del 62 al 28 por ciento) a los matrimonios gais. Para los católicos a ultranza, encerrados en su fortaleza de la tradición y el dogma, el referéndum de hoy es el asedio definitivo. Si pierden, ya no les quedará nada por lo que luchar.

Las farolas de Dublín, como de todos los pueblos y ciudades del país, son testigo de las pasiones que desata este enfrentamiento entre la Irlanda religiosa y secular, con las pegatinas a favor y en contra del aborto unas al lado de las otras, cuando no superpuestas. “Las mujeres reclamamos nuestros derechos fundamentales”, dicen unas. “Estoy vivo gracias a la octavaenmienda”, señalan otras. Antiabortistas reparten en la calle estampas religiosas o pósters con fotografías de fetos, mientras por los altavoces suenan a todo volumen temas musicales como I love you baby. Pero saben en el fondo que resistirse a la modernidad es inútil. Y que si no pierden hoy, lo harán otro día.

Uno de los argumentos de los partidarios del aborto es que nadie, ni la Iglesia ni el Estado, ha de ejercer de policía con el cuerpo de las mujeres. La respuesta del lado contrario es que el 97% de los embarazos son terminados por razones sociales, relacionadas con el deseo de los padres o sus circunstancias económicas, y no tienen nada que ver con la salud del feto o de la madre, o que el bebé no tiene la culpa de haber sido el fruto de una violación. “Tengo nueve semanas y ya doy patadas, no me matéis”, proclama un eslogan de la campaña del no.

A lo largo de los años las mujeres irlandesas se han enfrentado al estigma del aborto, y han viajado en el silencio y la oscuridad al extranjero para hacer lo que en su país les era prohibido. Hoy todo puede cambiar. La cuestión es si se abrirá un cisma entre las dos Irlandas, la abierta y la cerrada, como ha ocurrido en la Inglaterra del Brexit y la América de Trump.

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