Siempre había estado en el club de “los parias del amor”. Pasé mis veintitantos prácticamente soltera y con muchas salidas y breves relaciones fallidas que en algún momento me llevarón a la frustración. 

¿Por qué es tan difícil encontrar el amor? Me preguntaba e incluso pensaba que si siguiéramos bajo el régimen de los matrimonios arreglados todo sería más fácil.

Un día, tras una desilusión más, y después de ver El secreto y de sentir que dominaba las técnicas de la Ley de la atracción, me puse a dibujar a “mi hombre ideal”.

Recuerdo que en ese momento pensé, voy a poner todo todo lo que quiero.

El el libro, Unhooked Generation: The Truth About Why We’re Still Single, Jillian Straus expone que nuestra generación se ha acostumbrado a las wishlist y las llevamos al extremo, incluso al buscar a nuestro compañero de vida. Entonces lo queremos alto, simpático, de mirada profunda y en mi caso, con específicos gustos musicales.

Y como el dibujo era un juego entre la Luna nueva, la Ley de la Atracción y yo, pues me di vuelo en las especificaciones.

Lo sorprendente pasó, 11 años después, cuando días después de mi aniversario de bodas y tras una limpieza al estilo Marie Kondo, encontré el dibujo y al compararlo con mi esposo me di cuenta de la exactitud con la que había decretado al amor de mi vida.

Incluso la estatura y la t-shirt que le había puesto coincidía. Pero la verdadera magia ocurrió el día en el que concluí que lo único que necesitaba era alguien con quien compartir mi vida, mis pasatiempos, mis gustos, mis metas, porque una sola persona ya no me era suficiente.

Y el día que abrí mi corazón y mi mente, para dejar pasar y dejarme conocer a las personas, lo encontré a él, esa persona con quien puedo compartir mi mundo, quien hace las cargas más ligeras y que hace contrapeso a mis locuras.

El amor no es un príncipe azul ni un cuento de hadas, es un día a día que nace del corazón y se construye al compartir experiencias y construir una nueva realidad juntos.

 

Publicidad