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La exquisita historia del perfume

Cuenta la leyenda que cada treinta segundos, en algún lugar del mundo, se vende una botella de Chanel Nº5. Perfume moderno por antonomasia, el número cinco es producto del comienzo de la democratización del lujo que las casas de alta costura atravesaron en el siglo XX. Sin embargo, este ni siquiera está cerca de ser el primer perfume de la historia: hace miles de años, los primeros hombres aprendieron a disfrutar de los placeres del aroma.

La civilización egipcia fue la primera gran productora y consumidora de perfumes en la antigüedad. Esto se contenían en medios como la grasa o el aceite debido a que la destilación todavía no había sido adoptada. Las materias primas eran variadas: flores autóctonas como el loto y el iris, aromáticas como la menta y el eneldo, plantas obtenidas en expediciones o a través del comercio como el jazmín de la india, especias como el azafrán y resinas como la mirra y el incienso. La costumbre del uso personal adquirió gran relevancia en Egipto, donde se estilaba llevar conos de grasa con fragancia sobre la cabeza para que, al derretirse, se hidratara y se perfumara al portador. Sin embargo, de mayor relevancia era su uso religioso: a través de la quema de incienso o mirra y el ungimiento de las estatuillas de sus dioses, el pueblo egipcio se comunicaba con lo divino. Estos hábitos fueron adoptados por diversos pueblos que convivieron con los esta civilización.

Un ejemplo de esto aparece en las escrituras sagradas del pueblo judío, que huyó de Egipto y se asentó en Israel, donde adaptó a su religión las prácticas de la civilización del Nilo. En el Antiguo Testamento, Yavé dijo a Moises: “Procúrate en cantidades iguales resina aromática, ungulum, galbanum aromático e incienso puro. Prepara con ellos según el arte del perfumista un incienso perfumado, sazonado con sal, puro y santo (…) No harán perfume de semejante composición para uso personal; lo tendrán por cosa reservada a Yavé”.

El poderío de los faraones continuó declinando y, en el siglo IV a.C., Alejandro III de Macedonia, Alejandro Magno, conquistó el territorio que ya se hallaba bajo dominio persa. Si bien la cultura helenística influyó fuertemente en Egipto, la perfumería fue transmitida en el sentido opuesto. El interés por la belleza y la armonía llevó a los griegos a interesarse por las fragancias y a emplearlas en relación a los dioses. Este carácter divino los llevó a centrarse en la creación de frascos en los cuales almacenar los perfumes: hechos en cerámica, estos eran de gran belleza y elegancia.

Según el mito, tras la caída de Troya, un miembro de la familia real, Eneas, huyó, por consejo de Afrodita, hasta llegar a la región del Lacio. Es allí donde se estableció y engendró una descendencia a la que pertenecerían Rómulo y Remo, fundadores de Roma. Este relato es uno de los muchos que reflejan el interés de los romanos por mostrarse como herederos de Grecia. Entre los diversos aspectos culturales adoptados, el perfume fue fuertemente vinculado a la higiene y al refinamiento, atributos vitales del ciudadano romano. A su vez, se mantuvo la connotación divina: del empleo de inciensos como medio para contactar a los dioses se deriva la palabra “perfume” que proviene del compuesto latino “per fumum”, es decir, a través del humo.

Con la caída del Imperio romano y la expansión del cristianismo, la predica de la austeridad generó un descenso en el uso del perfume. Su empleo continuó, entonces, como un símbolo de riqueza y, por este motivo, entre los regalos de los Reyes Magos se encontraban el oro, el incienso y la mirra. La combinación de ambas culturas se manifestó en Bizancio, cuya opulencia destituyó al paleocristianismo en términos estéticos y devolvió al perfume la relevancia de antaño.

Entre los enemigos del Imperio Bizantino se encontraron los adeptos a una religión que estaba en expansión: el Islam. Se inauguraron, entonces, los enfrentamientos entre los católicos bizantinos y los musulmanes que, hasta el siglo XV, llevarían el nombre de cruzadas. En esta religión proveniente de Arabia, aunque la relación con el perfume en los textos sagrados es ambigua, paradójicamente, su región de procedencia fue históricamente el área de mayor tradición perfumera y mayor volumen y calidad de producción. Fue allí donde se perfeccionó la destilación con alcohol y donde se extendió el uso del agua de rosas (proveniente de la famosa rosa de Persia), el almizcle y la algalia, que adquirieron gran popularidad en la Edad Media.

Debido al cruce cultural, España fue la primera receptora de estos conocimientos que adoptaron velozmente y difundieron por el resto de Europa. Contrariamente a lo que se cree, los perfumes en la Edad Media adoptaron gran relevancia debido a las propiedades curativas que se les adjudicaban. Fue durante este período que nació el primer perfume moderno: el Agua de Hungría, una fragancia creada en 1370 cuya base era el romero macerado y que más adelante fue enriquecida con lavanda, bergamota, jazmín, cardo y ámbar.

Con el Renacimiento, el uso religioso y medicinal de los perfumes se dio por terminado. Los avances en la química y las nuevas materias primas provenientes de América hicieron florecer el mercado de la perfumería. Las fragancias eran intensas, con cuerpo y persistentes y se almacenaban en frascos ornamentados con piedras preciosas.

Eventualmente, el centro de atención pasó de la renacentista Italia a la barroca Francia. Una pequeña ciudad en Provenza, Grasse, se convirtió en la capital perfumera del mundo debido a que allí se obtenían las materias primas en boga en ese entonces: ámbar, almizcle, algalia y jazmín. Si bien esta región ya era popular en la Edad Media, su fama creció luego del Renacimiento: con tres importantes casas perfumeras -Molinard, Gallimard y Fragonard- se mantiene relevante al día de hoy.

Tras su casamiento con Enrique II, Catalina de Médici se trasladó a París y llevó consigo a su perfumista personal que fabricaba para ella “Acqua della Regina”, fragancia que popularizó en la capital francesa y que hoy en día puede conseguirse como “Acqua di Colonia” en la farmacia Santa Maria Novella en Florencia. Las cortes reales continuaron con el uso de los perfumes pero fue durante el reinado de Luis XV que este adquirió una gran relevancia. Para ese entonces, los gustos aromáticos habían cambiado definitivamente, gracias a la creación de Juan María Farina: el Agua de Colonia, una fragancia suave que se convirtió en el primer perfume comercial.

Todas las personalidades francesas fueron, a partir de entonces, asociadas a un perfume en particular: María Antonieta y su fragancia floral con rosa, iris, jazmín, capullo de naranja y sándalo; Napoleón y su intenso perfume de cítricos, rosa, jazmín, azahar, cedro, vainilla y almizcle; y Cocó Chanel con el número cinco.

A partir de fines del siglo XIX, puede empezar a hablarse de perfumería moderna. Los cambios en los gustos, la masificación del consumo que estaba en proceso y la aparición de los materiales sintéticos generaron un cambio abrupto en en el panorama. En 1848, el “agua imperial” usada por Napoleón III introdujo en el mercado a Pierre-François Guerlain, fundador de la famosa casa parisina, y en 1882 surgió el primer perfume con sustancias sintéticas, “Helecho Real”.

Luego del cambio de siglo, el perfume adquiere una nueva categoría. En primer lugar, la asociación entre François Coty, un perfumista, y René Lalique, un vidriero, coloca al frasco de la fragancia en una posición de relevancia: no solo se trata del aroma sino de la imagen y la experiencia de lujo que se obtiene. Con Les Parfumes de Rosina de Paul Poiret, las casas de moda deciden que es hora de contar con una fragancia.

En este escenario surge, en 1921, el Chanel Nº5, creado por Ernest Beaux con más de 80 componentes, se convirtió en el perfume ícono de la modernidad. Su lujo residía, y reside hoy en día, en el hecho de que tiene un gran número de componentes naturales que son cultivados hace generaciones en aquella región que adquirió fama en el barroco: Grasse.

Sin embargo, con el tiempo, el perfume pasó a ser un objeto de consumo de masas. La democratización de la industria del lujo a partir de la segunda mitad del siglo XX, convirtió a este en la puerta de entrada de los mercados medios a este tipo de consumo.

En el presente, las fragancias son un producto más de la nómina. Las casas de moda lanzan más de un perfume al año y todas las celebridades de peso cuentan con uno de su autoría. Sin embargo, entre las grandes marcas que son parte de este negocio, hay una que ha tratado de mantener la exclusividad de antaño. Hermès es la casa que mayor cantidad de productos naturales emplea y que trata, con mayor intensidad, de darle a sus fragancias algo qué decir. Para Jean Claude Ellena, antiguo nariz de la maison, en el pasado, el perfume era figurativo, aludía a algo en específico, un bouquet por ejemplo; en el presente, este se trata de un relato, de una historia como la que cuenta Un Jardín sur le Nil, que es un recorrido aromático por el famoso río egipcio; en cambio, a futuro, el perfume no será ni una imagen ni un relato, será un viaje: para Ellena podremos, algún día, conocer las antiguas calles de París, el bullicio de un mercado en Marruecos o las fecundas aguas del Amazonas con el abrir de un pequeño frasco.

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