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Una Navidad libre de estrés

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Las fiestas de Navidad, Año Nuevo y Reyes son esperadas tanto por los niños como por los adultos. Es un período en el cual queremos ofrecer a nuestros hijos alegría y algo de magia. Quizá porque estas fechas nos remiten a nuestra propia infancia, así como a la fantasía y los anhelos que entonces nutrían nuestra imaginación. O tal vez por todo lo contrario: porque durante la niñez atravesamos estas fiestas en medio de situaciones familiares complejas o llenas de sufrimiento, y hoy queremos cambiar esa realidad a favor de nuestros hijos. Sea cual sea nuestra experiencia, las personas mayores deseamos que estas fiestas se conviertan en momentos inolvidables para los más pequeños de la familia. Es razonable.

Preparativos sosegados

Durante estas semanas nuestra actividad se multiplica. Por un lado, estamos inmersos en el consumo; por otro, nos abocamos a la preparación de las fiestas, a veces previendo la presencia de numerosos miembros de nuestra familia. Es la ocasión perfecta para encontrarnos con aquellos familiares que viven en otra región. O quizá somos nosotros los que emprendemos un viaje para ir al encuentro de nuestros seres queridos.

En cualquier caso, si tenemos niños pequeños, vale la pena pensar cuál va a ser nuestra prioridad. Comer comida especial y sabrosa, por supuesto, es esperable. Sin embargo, sería ideal revisar cuánto tiempo dedicamos a las compras o a la preparación de cenas y comidas, ya que estas horas van en detrimento de los momentos que el niño espera pasar con nosotros. Eso no significa que no podamos preparar aquello que tanto deseábamos para agasajar a nuestros invitados. Pero, al menos, tomemos en consideración la edad del niño. Pensemos si será una experiencia positiva para él ver que su madre está estresada o demasiado preocupada por cumplir sus propias expectativas o las de los familiares cercanos con relación a su capacidad culinaria o su disposición para organizar un festejo como todos fantasean. Es decir, una cosa son las exageradas pretensiones de perfección que asumimos cuando queremos agasajar a los invitados –o ser admirados por nuestro empeño–, y otra cosa muy distinta es disfrutar de los preparativos e incluir a los niños pequeños en estos menesteres.

Celebraciones con sentido

Si nos damos cuenta de que hemos perdido el equilibrio y que las obligaciones autoimpuestas ocupan un lugar preponderante, convirtiéndose en una preocupación en lugar de un placer, ha llegado la hora de detenernos, observar el panorama y plantearnos un cambio a favor de todos. ¿Cómo podemos saber si hemos perdido el equilibrio? Muy sencillo: observando si nuestros hijos están irritables, si lloran, si se despiertan por las noches más que de costumbre o si los sentimos “más demandantes”. Fijémonos también en cómo estamos funcionando en pareja: si hay más desencuentros o discusiones, significa que la tensión ha aumentado por falta de descanso, momentos de silencio y reflexión. Entonces, ¿qué sentido tienen las fiestas si estamos estresados, enfadados o de mal humor? ¿Para qué visitar a familiares o amigos cuando hemos perdido el deleite de los encuentros? ¿Qué aprendizaje habrá para los niños si las fiestas están asociadas a los nervios y las exigencias?

Pendientes de los niños

Evidentemente, perdemos el rumbo si los preparativos terminan empañando la alegría y el deseo de festejar juntos. Para algunas personas, estas fiestas son sagradas; para otras, simplemente un buen motivo para compartir algunos momentos. En ambos casos, todos merecemos armonía y dicha.

Finalmente, una vez estemos en plena celebración, no perdamos de vista a los niños.Observemos si hay demasiado ruido o si los hemos descuidado entre la muchedumbre. Miremos también si los estamos forzando a permanecer despiertos más tiempo del que pueden tolerar saludablemente. Detectemos a tiempo sus niveles de excitación. Y por supuesto, acotemos la cantidad de regalos que reciben durante las fiestas. Porque cuando el consumo exacerbado se instala y no hay tiempo siquiera para procesar el hecho de dar y recibir, perdemos totalmente el sentido de lo que anhelábamos construir.

¿Le conviene tanto viaje?

Si tenemos que hacer un desplazamiento largo para visitar a la familia y nuestro bebé es muy pequeño, no hay impedimento alguno para trasladarnos con él, siempre y cuando nuestro hijo permanezca siempre pegado a nuestro cuerpo. El bebé no tiene por qué sentirse extraño en ese lugar, ya que su único “lugar” es el cuerpo de la madre. Ahora bien, es muy importante que no vaya de brazos en brazos. Ese “paseo” entre personas que no conoce lo alterará sobremanera.

Si algún familiar se ofende ante nuestras demandas, pensemos a qué queremos dar prioridad, ¿a las necesidades de nuestro hijo recién nacido o a las del adulto bienintencionado?

Menús festivos con alimentos sanos

En el caso que seamos personas preocupadas por la calidad de lo que comemos, no hay razones para que durante las Navidades abandonemos por completo nuestros hábitos alimentarios.

Podemos preparar menús saludables y especialmente sabrosos para celebrar las fiestas, e incluso sorprender a familiares y amigos con platos quizá poco convencionales, pero no por eso menos nutritivos o vistosos.

Para los niños, lo ideal es que las costumbres no cambien súbitamente, ya que en ese caso podrían rechazar los alimentos o enfermar.