Diario QuienOpina.Com – El odio en Estados Unidos, de dónde viene y por qué resurge

El odio en Estados Unidos, de dónde viene y por qué resurge

bruce noviembre 21, 2017 Comentarios desactivados en El odio en Estados Unidos, de dónde viene y por qué resurge
El odio en Estados Unidos, de dónde viene y por qué resurge

El pasado 19 de octubre el expresidente George W. Bush viajó a la ciudad de Nueva York para pronunciar un discurso en un acto dedicado a “El espíritu de la libertad: en casa, en el mundo”.

Su discurso fue sobrio.

La mayoría de medios se centraron en los “reproches implícitos” por parte de Bush al hombre que ocupa actualmente su antiguo despacho, Donald J. Trump: le destinó críticas casi veladas a “sus teorías conspirativas y completas mentiras”, al “acoso y prejuicio en nuestra vida pública”, y su “discurso degradado a veces por la crueldad”.

Pero lo que podría haber sido la parte más importante de su discurso ha recibido menos atención. George W. Bush, el presidente republicano previo, volvió a irrumpir en la escena política, algo que ha hecho muy pocas veces desde que dejó la Casa Blanca hace cerca de nueve años. Y lo hizo para anunciar que el odio, hacia todas las cosas de este mundo, ha regresado.

“Hemos visto cómo el nacionalismo se ha distorsionado en nativismo”, se lamentaba Bush. “La intolerancia parece estar envalentonada”.

Los indicios de esto son recurrentes: los memes cargados de odio, los saludos tipo “Heil Trump” y los grafitis racistas. O una marcha para salvar una estatua confederada ‒y “unir a la derecha”‒ que degeneró en violencia y la muerte de una joven que participaba en la contramanifestación.

“Hace poco me introdujeron al activismo y las marchas”, cuenta Gunther Rice, oriundo de Nueva Jersey y de 22 años, que participó en este evento mortal en Charlottesville, pero que no estuvo implicado en el ataque a la mujer. “Para mí es algo así como: ‘Espera, ¿hay un grupo de nacionalistas blancos que salen a la calle y hablan y hacen todos estos eventos y cosas tan geniales? Carajo, sí’”.

Las estadísticas ponen de manifiesto una historia parecida. Las más recientes han sido publicadas por el FBI esta misma semana. En ellas, la agencia se centra en la medición anual del número de delitos de odio registrados en Estados Unidos en 2016. El FBI define un delito de odio como un “delito tradicional –por ejemplo, un asesinato, un incendio premeditado o vandalismo–, pero con un componente prejuicioso”. En 2016, se registraron 6.100 casos de denuncias de personas que fueron agredidas por su pertenencia racial, religión, sexualidad, discapacidad u origen nacional, lo que supone un incremento de 300 agresiones respecto a 2015. Tal y como ocurrió el año pasado, la mayoría de las víctimas fueron objeto de acoso debido a su etnia o religión. De las 4.496 acosadas por su origen racial, el 50,2% eran negras o afroamericanas. De las 1.583 acosadas por la religión que profesaban, el 55% eran judías y el 25% musulmanas. Este es el segundo año consecutivo en que las cifras de crímenes de odio aumentan, revirtiendo la tendencia de los últimos 20 años.

“No me sorprende”, apunta el doctor Jeff McDevitt, decano adjunto y director del Institute on Race and Justice de la Universidad del Nordeste, Boston, quien también trabajó con el FBI para entrenar a los agentes en la identificación de delitos de odio. Los números coinciden con los publicados en los últimos meses por grupos como la Anti-Defamation League y el Southern Poverty Law Center, añade. También por ciudades y otras municipalidades. De hecho, sus cifras para 2017 parecen peores: en las seis ciudades más grandes de Estados Unidos, se han cometido más de 525 delitos de odio en lo que va de año, un 22% más que en el mismo período 2016. “La razón por la que no me sorprende es que esto no es más que otro indicio de degradación de las relaciones en Estados Unidos en los últimos uno o dos años, lo cual perjudica especialmente a las personas racializadas y a ciertos grupos religiosos”.

Aun así, escuchar a un exlíder del mundo libre decir que el odio está en su momento álgido… eso es un punto de inflexión: un reconocimiento que es difícil de ignorar.

¿Por qué está pasando esto? ¿Y por qué ahora? ¿Acaso no habíamos dejado atrás el odio y el fanatismo que Bush denunció como una “blasfemia contra el credo estadounidense”?

Tristemente, la respuesta es no. El odio hacia los extranjeros es algo cíclico en Estados Unidos, y parece que ahora estamos en uno de esos ciclos. La precariedad económica y social alimentan la intolerancia, y las nuevas formas de comunicación ‒especialmente Internet‒ ayudan a propagarla. En las últimas décadas, los psicólogos y los sociólogos han comenzado a entender las cualidades que hacen a una persona susceptible de lo que un día se llamó “xenofobia”, es decir, miedo a los extranjeros. Se trata de un término útil que merecería ser resucitado en los Estados Unidos de la era Trump. Un primer paso para combatirlo es entender cómo las personas son reclutadas en las filas del odio.

Los orígenes del odio en Estados Unidos se remontan a épocas previas a la conformación de los Estados Unidos. Entre las numerosas diatribas escritas por Benjamin Franklin contra lo que él llamó los “estúpidos morenos alemanes”, se encuentra esta: “Por qué debería Pennsylvania, fundada por los ingleses, convertirse en una colonia de extranjeros que pronto será tan numerosa como para germanizarnos en lugar de nosotros anglicanizarlos a ellos. Nunca adoptarán nuestra Lengua ni nuestras Costumbres, del mismo modo que no adquirirán nuestro aspecto”.

La nueva nación, escribía, debería ser un refugio para “las… personas puramente blancas del mundo”, porque muchos otros lugares eran “negros o tostados” [África], “mayormente tostados” [Asia], o “morenos” [la mayor parte de Europa, incluidas España, Italia, Francia y Rusia; y para perplejidad de la mayor parte de historiadores durante siglos, Suecia]. Es lógico desconfiar de los que son diferentes, afirmaba él, porque “soy parcial a la complexión de mi país, porque este tipo de parcialidad es natural en la humanidad”.

Esta desconfianza hacia “el otro” es la trama principal que conforma los mitos fundacionales del país: un crisol que contiene la suposición de que lo que se valora es mezclarse en lugar de destacar; el ideal de salir adelante y escalar sin ayuda de nadie da por sentado que existe un escalón superior e inferior del orden social con reglas de pertenencia determinadas por los que están más arriba.

Por tanto, cualquier gráfico de la temperatura emocional de Estados Unidos mostraría períodos de exclusión marcados por picos de odio total.

A medida que empieza a haber consenso entre los expertos de que la tensión que se está viendo desde Charlottesville (Virginia) a Berkeley (California), puede representar otro de esos picos de odio, vale la pena tener en cuenta qué es lo que tienen en común el momento presente con el pasado y en qué difieren.

La lección que obtenemos de esa mirada es que, si bien la historia y la psicología actúan sobre nuestros prejuicios de forma predecible, el odio se manifiesta de forma diferente en cada época.

Los que odian hoy en día ‒los nacionalistas blancos radicales de la llamada derecha alternativa‒ no son tan poderosos como los nazis en la época de Adolf Hitler, ni tienen tanto calado como los fanáticos de pequeñas ciudades del sur en la época de las leyes Jim Crow. Pero eso no significa que sean inofensivos. Como todas las olas de odio, esta nueva ola viene de lugares distintos y presenta desafíos específicos.

Concretamente, el aumento de la extrema derecha ha sido posible debido a los cambios de normativa y las tecnologías que hacen que sea más fácil radicalizarse. De hecho, el incremento del odio entre los estadounidenses comparte raíces con el odio hacia Estados Unidos; las mismas herramientas y modas están contribuyendo a facilitar tanto el terrorismo como el nativismo.

El odio, en resumen, se está volviendo más accesible que nunca. Y eso plantea una amenaza característica y particularmente insidiosa.

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Los seres humanos siempre han sido prejuiciosos. Los expertos nos cuentan que el odio está conectado a nuestros cerebros.

¿Pero cómo funciona realmente la psicología del prejuicio?

Uno de los primeros intentos de lidiar con el odio en términos psicológicos fue Instincts of the Herd in Peace and War, un estudio de caso de 1916 sobre el sentimiento anti-inglés entre los alemanes realizado por el neurocirujano británico Wilfred Trotter. Trotter percibió fuerzas primarias ‒“los mecanismos psicológicos del lobo”‒ que operan en la orquestación del odio colectivo.

Sin embargo, no fue hasta el ascenso de los nazis que las investigaciones psicológicas sobre la naturaleza del odio lograron despegar de forma significativa. Teóricos de la época llegaron a considerar que el prejuicio era algo patológico, e intentaron vincular el racismo y el antisemitismo a síndromes de personalidad específicos.

Una multitud de mujeres, niños y soldados alemanes haciendo el saludo nazi el 19 de junio de 1940 (Foto: AP).

El más influyente de estos intentos ‒y el más criticado‒ fue The Authoritarian Personality (1950), un tomo de cerca de 1.000 páginas escrito por el filósofo Theodor Adorno, refugiado de la Alemania nazi, y un equipo de psicólogos de la Universidad de California, Berkeley. Mediante el empleo de lo que llamaron “la escala F” ‒una nueva forma de medir las tendencias fascistas‒ Adorno y compañía afirmaban haber identificado un nuevo tipo de personalidad autoritaria: “personas de pensamiento rígido que obedecían a la autoridad, que veían el mundo en blanco y negro e imponían una estricta adhesión a las reglas y jerarquías sociales”. Los autoritarios se volvieron autoritarios por razones que identificaría Freud, según el estudio, y como resultado eran más susceptibles a la intolerancia; especialmente al fanatismo de extrema derecha.

La suposición de que el prejuicio era un problema de personalidad, pronto dejó de estar de moda. En 1954, el psicólogo de Harvard, Gordon Allport, publicó un estudio de referencia, The Nature of Prejudice, en el que sintetizaba el conocimiento existente sobre el tema y llegaba a una conclusión perturbadora: el prejuicio no es en absoluto una desviación, sino algo más bien demasiado humano, la ampliación natural de procesos psicológicos normales. “La mente humana necesita pensar con la ayuda de categorías”, escribía Allport. “Una vez formadas, las categorías son la base del prejuicio normal. No podemos evitar este proceso. La vida ordenada depende de eso”.

Desde entonces, la mayoría de investigaciones sobre el prejuicio han tratado de considerar y describir estos procesos. La prevalencia y persistencia de los estereotipos, por ejemplo, se determinó hace tiempo. En 1933, Daniel Katz y Kenneth Braly les pidieron a 100 estudiantes de la Universidad de Princeton que enumeraran rasgos de 10 grupos raciales y étnicos, para luego determinar los cinco que mejor caracterizaban a cada grupo. A la vista de que los estudiantes coincidieron demasiado a menudo ‒un 75% describía a los “negros” como perezosos; un 79% describía a los judíos como astutos‒, Katz y Braly pudieron probar que estas generalizaciones surgían de actitudes sociales extendidas en lugar de experiencias individuales.

Aunque los estereotipos son solo la mitad de la historia. En los años 70, investigadores que estudiaban las dinámicas de grupos sociales descubrieron un “sesgo del endogrupo” generalizado. A los pocos minutos de dividirse en grupos mínimamente cohesionados ‒incluso en base a pretextos triviales como el gusto por el arte‒, estos extraños tendían a ver a su grupo como superior y buscaban sacar ventaja en relación a los demás grupos. El psicólogo polaco Henri Tajfel explicó este fenómeno en base a lo que él mismo llamó “teoría de la identidad social”. Según Tajfel, los grupos ofrecen a la gente dos beneficios clave: identidad (nos dicen quiénes somos) y autoestima (nos hacen sentir bien con nosotros mismos). Es natural, de acuerdo a Tajfel, que la gente crea que su grupo es mejor que otros grupos.

De hecho, el sesgo del endogrupo es tan potente que puede alterar nuestra percepción de las diferencias entre las personas. Décadas de investigación sobre lo que se conoce como “efecto de homogeneidad exogrupal” han demostrado que tendemos a ver a los miembros de otra raza, religión, nacionalidad (o incluso campo académico) como un grupo indiferenciado definido por rasgos compartidos, mientras que los miembros de nuestro propio grupo, según Scott Plous de la Universidad de Wesleyan, parece ser un amplio surtido de individuos diversos.

A su vez, esta ilusión puede deformar nuestra percepción de por qué el otro hace lo que hace. En 1979, el psicólogo social Thomas Pettigrew describió lo que llamó el “error fundamental de atribución”, un doble estándar que explica el comportamiento extragrupal negativo como una disposición (“así es cómo son esas personas”) al tiempo que desestima el comportamiento extragrupal positivo por excepcional: algo que ocurre por accidente, un golpe de suerte, el producto de mucho esfuerzo, etc.

Dado que las muestras descaradas de intolerancia disminuyeron en los últimos años, los psicólogos dirigieron su atención al prejuicio que subyace bajo la superficie, el llamado sesgo implícito que la mayoría de la gente ni siquiera se da cuenta que alberga. (“Creo que el sesgo implícito es un problema de todos”, declaraba Hillary Clinton en el primer debate presidencial del año pasado).

El medidor más famoso del sesgo implícito es el test de asociación implícita, TAI, que fue desarrollado hace cerca de 20 años por Mahzarin Banaji, actual presidente del Departamento de Psicología de la Universidad de Harvard, y Anthony Greenwald, psicólogo social de gran prestigio de la Universidad de Washington. Hasta la fecha, la versión racial del test se ha realizado en Internet más de 17 millones de veces. Dicho test les pide a los sujetos que asocien palabras positivas con caras blancas y negativas con caras negras, y que después lo hagan al revés; la diferencia en los tiempos de reacción se toma como prueba del hecho que hacer una asociación positiva con miembros de una raza diferente crea una disonancia cognitiva.

Pero aunque la tendencia a tratar a las caras familiares con cariño y a las extranjeras con cautela puede ser algo instintivo ‒ciertamente forma parte de la cultura humana‒, el solo hecho de que nuestras conexiones neuronales y nuestra civilización sean proclives al prejuicio no explica por qué algunas personas actúan de acuerdo a sus prejuicios y por qué otras ni siquiera se dan cuenta de que son prejuiciosas.

¿Entonces cuándo el sesgo prejuicioso se convierte en fanatismo? ¿Y por qué el nacionalismo blanco está en aumento en estos momentos? (Los autodenominados como “nacionalistas blancos” tienen la pretensión de promover la identidad blanca y presionan en pos de la creación de un estado étnico de blancos iguales entre sí pero separados del resto; sus críticos dicen que el nacionalismo blanco simplemente es una versión públicamente saneada del supremacismo blanco, que sostiene que los blancos son una raza superior. Yahoo News usa los dos términos de forma indistinta a lo largo de este artículo).

“La capacidad de odiar es relativamente constante”, dice Brian Balogh, profesor de Historia en la Universidad de Virginia y presentador de “Backstory”, un popular podcast que aborda temas históricos. “Pero hay ciertas circunstancias que tienden a ponerlo en primer plano”.

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El odio se ha ido cociendo lentamente bajo la superficie de la vida estadounidense desde sus comienzos. Ha habido flujos y reflujos de xenofobia dirigida a grupos concretos, como los chinos, blanco de la Chinese Exclusion Act de 1882. Pero los historiadores generalmente coinciden en que Estados Unidos ha sufrido cuatro períodos especialmente cargados de odio; y cada uno de ellos puede ayudarnos a entender lo que está pasando hoy.

El primero comienza con el período de la Reconstrucción, cuando en el Sur derrotado surgió el Ku Klux Klan, con su mezquindad apuntando hacia los esclavos liberados que ejercían sus derechos recientemente adquiridos.

Soldados de caballería liderados por Nathan Bedford Forrest, más tarde gran mago del Ku Klux Klan, asesinaron a soldados negros de la Unión tras la rendición de Fort Pillow en Tennessee, el 12 de agosto de 1864 (Foto: MPI/Getty Images).

Luego, a principios de los años 20, volvió a aumentar la actividad del Klan, ahora dirigida hacia los migrantes; especialmente a católicos y judíos procedentes del sur y el este de Europa. Aquellos años quedaron marcados por ser la primera vez que se estableció en Estados Unidos un período de cuotas migratorias.

Tercero, las “grandes deportaciones”, también conocidas como “deportaciones masivas” del período de la Depresión. En este episodio poco recordado de los años 30, más de medio millón de inmigrantes mexicanos ‒incluidos un tercio de toda la población mexicana de Los Ángeles‒ fueron repatriados por la administración Hoover. Había entre ellos cientos de niños nacidos en Estados Unidos y, por tanto, ciudadanos estadounidenses. En la siguiente década esta lógica continuó con los campos de internamiento japoneses durante la Segunda Guerra Mundial.

Luego llegó el movimiento por los derechos civiles de los años 50 y 60, cuando los avances del derecho a voto y la desegregación de la vivienda y la escuela provocaron una sangrienta y escalofriante reacción racial: linchamientos en el sur y disturbios raciales en el norte.

¿Y el último aumento importante en el gráfico? Muchos sociólogos que estudian el odio creen que ahora estamos ante el comienzo de eso, un período que a su manera es tan oscuro como los anteriores, pero que al mismo tiempo es sustancialmente diferente de algunos de los peores momentos vividos en la historia.

Carol Anderson, catedrática de estudios africanos y estadounidenses de la Universidad de Emory y autora del libro “White Rage”, ofrecía algunos ejemplos en un reciente ensayo:

“El saludo ‘Heil Trump’ en una reunión de nacionalistas blancos poco antes de la inauguración. Un aumento en los delitos de odio registrados por todo el país. El asesinato del teniente Richard Collins a manos de un supremacista blanco en Maryland. El doble homicidio y una herida grave propiciada contra buenos samaritanos que defendían a tres chicas en Portland (Oregon) por parte de otro supremacista blanco. Las sogas encontradas en y cerca del Museo Nacional de Historia y Cultura Afroamericana”.

Cualquier análisis del odio estadounidense, por tanto, requiere contemplar qué tienen y qué no tienen en común estas épocas.

Albert Camarillo, profesor emérito de Historia en la Universidad de Stanford especializado en el estudio de minorías en Estados Unidos, cree que todos los episodios de odio comienzan con el mismo guiso de “intolerancia, odio, un sentimiento de que ‘nuestros problemas están causados por otro y que debe hacerse algo al respecto’. Eso es fundamental ya sea hablando de los años 1860, 1960, o del período entre y desde esas fechas”.

La incertidumbre económica también juega un papel importante. En su influyente análisis del nativismo estadounidense, Strangers in the Land, John Higham encontró una correlación entre la caída de las oportunidades económicas y la emergencia del odio. Durante el período de la Reconstrucción, los blancos sureños más prósperos perdieron fortunas con la emancipación de los esclavos y la clase trabajadora blanca perdió su trabajo en favor de una mano de obra recién liberada. Más tarde, durante la Depresión, los trabajadores blancos culparon a los inmigrantes mexicanos en sus luchas, a pesar de que los recién llegados estaban, estadísticamente hablando, incluso peor.

Familiares y amigos despidiéndose de un tren que transporta a 1.500 mexicanos considerados ilegales para ser deportados de Los Ángeles a México en 1931 (Foto: NY Daily News Archive a través de Getty Images).

Un segundo factor que compartían estos períodos es la sensación de que un grupo acostumbrado a estar “a cargo de las cosas” miraba por encima del hombro a otro grupo que amenazaba con superarlos.

“Es una cadena de gente que actúa como si fueran independientes cuando otros creen que no deberían serlo”, dice Nell Irvin Painter, profesora emérita de Historia en la Universidad de Princeton, donde enseñó Historia afroamericana, y expresidenta tanto de la Organización de Historiadores Estadounidenses como de la Asociación Histórica Sureña.

Durante la Reconstrucción, ese concepto se puso de manifiesto con los intentos del KKK de impedir que los recién liberados votaran. En la década de los años 20, fue una reacción a las cifras en sí: después de la guerra, cada año llegaron a Estados Unidos más de un millón de inmigrantes, lo cual cambió literalmente el aspecto de la sociedad estadounidense, con la aparición de la proporción más alta de nacidos en el extranjero respecto a nacidos en el país. La respuesta del Congreso fue poner freno a la inmigración, particularmente con la Johnson-Reed Act de 1924, cuyo coautor, el representante por Washington Albert Johnson, fue descrito por su biógrafo como un “fanático y eugenista”. La aprobación de esa ley, llegó a decir Johnson, acabaría con “la aceptación indiscriminada de todas las razas” en Estados Unidos.

El último factor que todos estos períodos tienen en común es un liderazgo político y cultural que toleraba las expresiones de odio. Tras la Primera Guerra Mundial, esto lo habilitó el presidente Woodrow Wilson, quien había trabajado para volver a segregar a los empleados del gobierno federal y realizó una proyección de la película descaradamente racista: The Birth of a Nation en la Casa Blanca. Durante el período de los derechos civiles esto fue personificado por políticos como Lester Maddox, Strom Thurmond y George Wallace.

Una escena de la película de D.W. Griffith de 1914 The Birth of a Nation que representa a miembros del Ku Klux Klan montando a caballo contra los soldados. En 1992, la Biblioteca del Congreso añadió la obra de Griffith al Registro Nacional de Películas, describiéndola como “polémica, explícitamente racista, pero una obra maestra de la historia cinematográfica estadounidense” (Foto: AP).

¿Y qué papel juegan estos factores en el actual estallido de nacionalismo blanco? Los historiadores dicen que son muchas las evidencias de que los tres están en funcionamiento.

Primero, hay un sentimiento de profunda inestabilidad económica. La Gran Recesión de 2007 cambió drásticamente la vida de millones de estadounidenses, y la recuperación ha sido desigual. Los hogares estadounidenses perdieron lo que se estima equivaldría a 16 billones de dólares de riqueza en esa recesión, y aunque los que más han ganado han recuperado más de lo que perdieron, los que están más abajo han recuperado solo un tercio de lo que perdieron.

En este contexto, algunos se dan cuenta de que se está retrocediendo en relación a otras cuestiones. Debido en parte a la epidemia de opioides, la esperanza de vida está disminuyendo en Estados Unidos por primera vez desde la crisis del sida. La proyección es que la generación millennial disfrute de menos bienestar que sus padres. Sectores enteros se enfrentan a la interrupción de sus actividades y en algunos casos a la desaparición.

Pero la economía parece jugar un papel secundario en el ambiente de hoy en día.

Hablando de las marchas de los supremacistas blancos en la Universidad de Virginia, donde ocupa el puesto de profesor de Historia, Balogh dice lo siguiente: “Muchos de estos manifestantes estaban bastante acomodados, tanto como para invertir en el armamento y los equipos que trajeron. No creo que el costo de todo esto y del viaje pueda ser pagado sin tener recursos. No hay duda de que si se pone en contexto, se puede sostener que este es un momento de increíble flujo para los Estados Unidos, un sangrado de puestos de trabajo… pero no es la razón directa por la que muchas de esas personas marchaban y cantaban”.

Enfrentamientos durante la marcha Unite the Right en Charlottesville, Virginia, el 12 de agosto de 2017 (Foto: Evelyn Hockstein para el Washington Post a través de Getty Images).

Es más probable, sugiere, que la economía sirva de telón de fondo para el segundo factor: el sentimiento de que un grupo históricamente dominante, en este caso el hombre blanco, percibe que su dominio está terminando. El porcentaje de blancos no hispanos en Estados Unidos actualmente está por encima del 60%, un mínimo histórico (no hace tanto, en 1980, el país tenía un 80% de blancos) y se proyecta que descienda por debajo del 50% en 2043. Ya casi la mitad de los niños estadounidenses menores de cinco años son de otras razas distintas a la blanca, y hacia 2019 se espera que haya más jóvenes no blancos menores de 18 años que blancos en el mismo grupo de edad.

“Para muchos de estos hombres, la percepción es que su mundo se les resbala de los dedos y que otra gente se está beneficiando de su pérdida”, dice Camarillo. “Eso no quiere decir que no haya componentes de verdad en su mundo cambiante, pero cuando el miedo se proyecta a otro grupo de gente, entonces se expresa como odio”.

Y finalmente, igual que entonces, ahora hay un liderazgo en ascenso que tolera las peores formas de expresión. No es una coincidencia, dicen Painter y otros, que este repunte reaccionario acontezca después de los dos mandatos del primer presidente afroamericano.

“Creo que la chispa esta vez fue la presidencia de Obama, que sacudió una parte del corazón estadounidense”, dice. “Era la encarnación de un cambio político, un cambio social que ha tenido lugar en las últimas dos generaciones pero de forma titubeante. ¡Ese hecho lo hizo real!”.

La elección del próximo presidente, coincide Balogh, hizo que aquellos que “defienden la superioridad racial se envalentonen para hablar”. Eso no significa que todos los partidarios de Trump sean racistas, sino más bien que tienen permiso para sentirse así e incluso cuentan con el apoyo de la actual administración.

Barack Obama con su mujer, Michelle, presta juramento para convertirse en el 44º presidente de los Estados Unidos el 20 de enero de 2009 (Foto: Ron Edmonds/AP).

“El papel más importante de Donald Trump, a nivel personal, así como del Partido Republicano, fue ayudar a que ese hecho fuese visto como un discurso público legítimo”, señala. “Es difícil encontrar en el período posterior a la Segunda Guerra Mundial un presidente que legitimara los puntos de vista del nacionalismo y el supremacismo blanco con la efectividad que lo hace Donald Trump”.

Hay estudios que han confirmado este efecto. Un documento de trabajo de la Oficina Nacional de Investigación Económica encontró que después de las elecciones había más participantes dispuestos a donar dinero a una organización ant-iinmigrantes (un 48%) que antes de las elecciones (un 34%). Y el año pasado, el psicólogo de la Universidad de Kansas, Chris Crandall, preguntó antes y después de las elecciones y en los días posteriores para para valorar qué tan normal era denigrar a miembros de minorías. Tanto los partidarios de Clinton como de Trump tuvieron mayor tendencia a reconocer que la discriminación era aceptable tras el día de la elección de este último.

“Mucha gente criticó a Dwight D. Eisenhower por su raza y sentía que podría haber hecho más, que podría haber sido más valiente”, continúa Balogh. “Y él no era en realidad un líder del pensamiento sobre la raza. No le gustaba Brown”, la decisión de la Corte Suprema acabó con la segregación legal en las escuelas. Sin embargo, dice Balogh, cando les cerraron las puertas a los niños negros en Little Rock, Arkansas, “Eisenhower envió tropas”.

Del mismo modo, mientras Richard Nixon hacia campaña en oposición al transporte escolar y George H.W. Bush aparecía en el anuncio de Willie Horton, orientado a crear miedo blanco a la violencia negra, “todas estas cosas estaban muy lejos de abrazar el pensamiento nacionalista blanco o de llevar al Despacho Oval a gente que sí lo haga”, apunta Balogh. “Sería difícil encontrar algún ejemplo en toda esta historia de un líder que diga algo como ‘Había algunas personas simpáticas entre los neonazis’”.

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Lo que dijo en realidad el presidente Trump después de los trágicos acontecimientos de agosto en Charlottesville, después de que una manifestación de Unite the Rightdegenerara en violencia y muerte, fue aún más rotundo de lo que recuerda Balogh.

Trump defends his response to violent rally

President Trump held a press conference at Trump Tower on Tuesday where he repeatedly told reporters he stands by his initial response to the violence and protests in Charlottesville, Va., on Saturday. He says he did not want to make any statements until he knew all the facts, and still blames both sides.

“Había gente mala en ese grupo”, declaró. “Pero también había algunos que eran muy buenas personas”.

Esas no eran “personas alborotadoras, malas”, ni “neonazis ni nacionalistas blancos”, aclaró. En cambio, eran “personas que protestaban tranquilamente” ‒“inocentemente”, incluso‒ contra “la retirada de una estatua de Robert E. Lee”.

“He visto estas [protestas] muy de cerca”, concluía Trump, dirigiéndose a los medios nacionales. “Mucho más de cerca de lo que lo habéis visto vosotros”.

Por muy de cerca que lo viera, su conclusión era claramente incorrecta. Como ha señalado el periodista conservador Stephen Hayes, en esa marcha en realidad solo había un tipo de derecha: la supremacista. Su organizador, Jason Kessler, es un declarado nacionalista blanco. El objetivo de la marcha, según algunos materiales promocionales, era proteger “el derecho de la gente blanca a organizarse por sus intereses”. La lista de oradores contaba con lo más selecto de los líderes nacionalistas blancos. Los participantes gritaron “¡J***os, maricones!”, “¡Sangre y tierra!” y “¡Los judíos no nos reemplazarán!”. De acuerdo a una organización sin ánimo de lucro dedicada a preservar algunos monumentos confederados, “nadie de nuestro grupo asistió a las marchas ni a las contramarchas. Todos nos mantuvimos alejados. Como debería haber hecho todo el mundo”.

La confusión de Trump ‒el hecho de que dice que vio “muy buenas personas” donde solo había supremacistas blancos‒ es reveladora. Porque la psicología y la historia indicarían que lo que vio al “mirar esas [protestas] muy de cerca” en televisión, fue a supremacistas blancos que no se ajustan al estereotipo de “alborotador y malo”.

Vio supremacistas blancos vestidos con polos blancos y de color caqui, no batas blancas. Supremacistas blancos con grados universitarios, como Kessler, un graduado de la Universidad de Virginia. No se trataba precisamente de una variopinta tripulación de jóvenes que abandonan la escuela secundaria. Supremacistas blancos con cabezas rapadas, pero sin tatuajes de esvásticas. Supremacistas blancos que dominan la cultura popular de vanguardia, que no se confinan en un complejo en medio de un bosque en Idaho o Tennessee.

Es a esto a lo que está comenzando a parecerse hoy el odio en Estados Unidos: mejor educados, más prósperos y más insertos en la “cultura dominante” que antes.

“Los miembros de la derecha alternativa son… cualitativamente diferentes del KKK de hace una generación”, eso explica el politólogo George Hawley, autor de Making Sense of the Alt-Right. “Están muy bien entrenados, muy bien educados y disponen de mucho tiempo”.

El hecho de que ni siquiera el presidente de Estados Unidos pudiera decir que estos manifestantes eran supremacistas blancos es un signo preocupante de cómo se amplía la masa de intolerantes, y cómo algunas viejas barreras psicológicas al odio se están quebrando.

Marcha de nacionalistas blancos en el campus de la Universidad de Virginia en Charlottesville, el 11 de agosto de 2017 (Foto: Evelyn Hockstein para el Washington Post a través de Getty Images).

Quince meses después de que Hillary Clinton caracterizara este “movimiento libremente organizado principalmente a través de Internet” como una “ideología racista emergente” que “rechaza el conservadurismo dominante, promueve el nacionalismo y ve la inmigración y el multiculturalismo como una amenaza para la identidad blanca”, la derecha alternativa ha sido diagramada y diseccionada. Los memes surrealistas. El humor “transgresor”. Las alocadas teorías conspirativas. Lo estrecho de miras de la cultura web. Los lazos de la Casa Blanca. Los ecos de movimientos nacionalistas en Europa. El extenso elenco de personajes, desde el neonazi de Brooks Brothers Richard Spencer hasta el troll de Internet amante de Hitler Andrew Anglin.

Los periodistas han analizado el movimiento desde diversos ángulos: el cultural, el económico y el político.

Pero el que nadie ha explicado realmente es el psicológico.

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Los expertos tienen mucho que decir sobre las raíces del sesgo, pero cuando se trata de intolerancia real ‒un sesgo que cruza la línea de la palabra o la acción deliberada‒, la ciencia se tambalea. ¿Por qué hay personas que actúan de acuerdo a sus prejuicios y otras que no? ¿Por qué hay quienes se vuelven extremistas, dejando que el odio los defina?

La mejor forma ‒quizás, de momento, la única forma‒ de buscar respuestas es fijándonos en el terrorismo. Si bien la derecha alternativa es un nuevo (y en gran medida no investigado) fenómeno, los procesos psicológicos que se producen al asistir a una marcha de Unite the Right, puestos en un contexto cultural diferente, son los mismos que tienen lugar en la mente de un soldado del ISIS. Un subconjunto de investigadores ha estado estudiando la psicología del reclutamiento de terroristas durante años.

Seguidores del grupo Ansar al-Sharia y de otras milicias islámicas se manifiestan en contra de una película y unos dibujos animados que denigran al profeta Mahoma, en Benghazi, Libia, el 21 de septiembre de 2012. Algunos miembros de Ansar al-Sharia, una de las facciones islámicas más poderosas de Libia, más tarde se unieron a ISIS (Foto: Mohammad Hannon/AP).

“A día de hoy, los paralelismos entre la derecha alternativa y el yihadismo radical son claros”, sostiene Scott Atran, director de investigación en antropología en el CNRS École Normale Supérieure e investigador principal de la Universidad de Oxford.

“La ideología es una pieza del rompecabezas”, dice John Horgan, profesor de estudios globales y psicología en la Universidad Estatal de Georgia y autor de The Psychology of Terrorism. “Pero más allá de eso hay algo mucho más poderoso: el flujo y reflujo de la psicología cotidiana. Ya seas de extrema derecha o extrema izquierda, antisistema o simplemente yihadista, la psicología es la misma. Estos sentimientos de frustración, inseguridad, paranoia, ansiedad, celos y desesperación se ven enredados en la más absoluta falta de dirección y propósitos: estas son las verdaderas cosas que influyen. E Internet simplemente hace que sea peor”.

Una reciente encuesta preliminar online realizada a personas que se autoidentifican como de la derecha alternativa por los psicólogos Patrick Forscher y Nour Kteily dio a conocer algunas tendencias y rasgos que podrían distinguir a miembros del movimiento de la población en general. (Forscher y Kteily están encuestando actualmente a una muestra más amplia para confirmar sus hallazgos).

Los encuestados obtuvieron excelentes puntajes en la medición de la deshumanización, llegando a calificar a musulmanes, demócratas, negros, mexicanos, periodistas, judíos y feministas como considerablemente menos desarrollados que la gente blanca. Mostraron un gran apoyo a grupos que trabajan en beneficio de la gente blanca, y estaban más dispuestos que el grueso de los estadounidenses a expresar prejuicios hacia la gente negra. También “puntuaron alto en su orientación de la dominación social (preferencia a que la sociedad mantenga el orden), el autoritarismo de extrema derecha (preferencia a gobernantes fuertes) y niveles algo más altos de la “tríada oscura” de los rasgos de personalidad (psicopatía, maquiavelismo y narcisismo)”, expresión usada por Brian Resnick de Vox en su resumen del artículo.

Todo ello es intrigante, en un sentido descriptivo, aunque no determinante. Muchos estadounidenses probablemente comparten esta opinión. Lo que transforma a alguien en un extremista ‒en esto coinciden los expertos en radicalización‒ no es una patología o tipo de personalidad (a diferencia de lo estipulado por Theodor Adorno), sino que “es la dinámica de grupo la que transforma a la persona”, tal y como Atran explicaba recientemente.

En un artículo de largo alcance de 2016 para Scientific American, los principales investigadores Stephen D. Reicher y S. Alexander Haslam sintetizaron y reseñaron la literatura sobre dinámica de grupos existente para arrojar algo de luz acerca de cómo la gente común vira hacia el radicalismo. El proceso que detallaron se puede dividir en cuatro pasos (no necesariamente secuenciales): 1) susceptibilidad, 2) reconocimiento erróneo, 3) identificación y desidentificación, y 4) polarización.

Si se buscan signos de susceptibilidad de la extrema derecha, los prejuicios identificados por la encuesta de Forscher y Kteily probablemente cumplen los requisitos. Pero también algunos rasgos menos exóticos. La gran mayoría de terroristas son jóvenes y varones. La gran mayoría de los autores de tiroteos masivos también. Y lo mismo se aplica a la extrema derecha.

Al tener que formar una identidad segura, todos los jóvenes ya adultos “buscan sentidos y pertenencias en los grupos”, señala Horgan; la compañía de otras personas es especialmente efectiva para estimular las vías del cerebro de un hombre joven, de acuerdo a la investigación, pero mientras que las chicas están más preparadas para forjar coaliciones y tener miedo al ostracismo, los chicos están más preparados para afirmar el dominio e intentar destacarse del grupo. El resultado de esto es una tendencia a buscar el sentido de la identidad mediante la confrontación, una dinámica familiar para cualquiera que haya seguido la evolución de la extrema derecha desde sus orígenes como una especie de contracultura punk en Internet al movimiento más potente en la vida real que es hoy; desde los doxxers de GamerGate hasta los líos de Milo Yiannapoulos en los campus universitarios o los sucesos más violentos de Charlottesville.

No es coincidencia, por ejemplo, que el nacionalista blanco y ofensivo locutor de radio Mike Enoch “encontrara fortaleza en la posición de llevar la contraria” cuando era joven: no para avanzar en ninguna dirección particular, decía hace poco el New Yorker, sino simplemente “para despertar resentimiento”.

“Reconocimiento erróneo” (Misrecognition) es el término que Reicher, uno de los autores del artículo de la Scientific American, le dedicó a la “experiencia de que alguien perciba de forma errónea o niegue una identidad valorada”. El estudio de Reicher, llevado a cabo en 2013, se centraba en escoceses musulmanes que volvían a su país y eran tratados con sospechas en los controles de seguridad del aeropuerto, lo que a su vez “provocó la ira y el cinismo hacia las autoridades” y “les llevó a distanciarse” de la sociedad. “¿Por qué me hace sentir como un otro en mi propia casa?”, se preguntaba uno de ellos.

Escucha a cualquier simpatizante de extrema derecha durante dos minutos y oirás quejas similares. Solo que en este caso versan sobre unos Estados Unidos cada vez más diversos y políticamente correctos que (en su opinión) se inclinan por feministas, inmigrantes, negros y otros “luchadores por la justicia social” a expensas de la misma gente que fundó este país: blancos como ellos. Puede que no haya pruebas objetivas para esta sensación de reconocimiento erróneo, pero lo sienten de verdad, y eso les motiva.

“Empecé siendo de izquierdas”, dice John May, miembro del Partido Tradicionalista de los Trabajadores, quien habló con Yahoo News en una marcha de White Lives Matter el mes pasado en Shelbyville, Tennessee. “Era anarquista y entré en la política de izquierdas y en el socialismo, y me di cuenta de que no se puede ser de izquierda habiendo crecido en Houston y estar del lado de tu gente al mismo tiempo. Quiero decir, no puedes caminar por la calle sin ser atacado únicamente por ser un hombre blanco”.

John May en Shelbyville, Tennessee, en octubre de 2017 (Foto: Caitlin Dickson/Yahoo News).

La etapa más crucial del proceso de radicalización puede que sea, no obstante, la que ocurre a continuación: la identificación (y su corolario, la desidentificación). Aquí es donde vuelve a resurgir el trabajo pionero de Henri Tajfel. Tal y como apuntaban Reicher y Haslam, Tajfel (y su estudiante John Turner) demostró que “para que alguien siga a un grupo ‒posiblemente hasta el punto de la violencia‒, él o ella debe identificarse con sus miembros y, al mismo tiempo, distanciarse de la gente externa al grupo, dejando de verlos como una preocupación”.

Esto concuerda con una descripción reciente de la experta francesa en desradicalización Dounia Bouzar sobre cómo los terroristas reclutados llegan a identificarse como terroristas. Primero, se desvinculan de sus círculos sociales y generalmente se sumergen en sí mismos, habitualmente mediante Internet, en una retórica que “les convence de que viven en un mundo en el que los adultos y la sociedad mienten: sobre la seguridad alimentaria, la medicina y las vacunas, la historia y la política”. Ellos “comienzan a dudar de todo”, y empiezan a creer que “las sociedades secretas” ‒una conspiración sionista, los Illuminati, los francmasones‒ están “acaparando todo el planeta”. Devoran vídeos de YouTube y navegan por sitios web de reclutamiento, muchos de los cuales “hacen una inteligente referencia a películas como The Matrix, en la cual el protagonista Neo se pregunta si debe tomar la pastilla [roja] que le despierte y le muestre la verdad sobre la realidad o si debe seguir dormido, dichosamente inconsciente”. Ellos deciden tragar la píldora roja y evitan a todos los que no lo hayan hecho por “ciegos, dormidos o, peor aún, vendidos al sistema”.

Luego, los reclutas llegan a la conclusión de que “solo el verdadero Islam puede renovarlos y hacerlos despertar”; que se encuentran “entre los elegidos, que son más perceptivos que los demás”.

Luego viene el último paso, según Bouzar: la deshumanización. “Todos aquellos que no siguen el mismo camino de “despertar” de los reclutas no son considerados humanos”, escribe. “No es un delito matarlos e incluso es un deber”.

Los miembros de la extrema derecha no son terroristas; no planean asesinatos masivos, pero son radicales, y su modo de identificarse (y desidentificarse) tiene sorprendentes similitudes con el de los terroristas.

Por ejemplo, entre la extrema derecha proliferan las teorías de la conspiración: la de “una sociedad secreta de pedófilos que opera desde una pizzería vinculada a David Brock, colaborador de [Hillary] Clinton”; la de que todos los grupos antifascistas de extrema izquierda (o “antifa”) “planean asesinar a todo votante de Trump, conservadores y dueños de armas” el fin de semana del 4 de noviembre; o hasta la que anima a todo el movimiento, según la cual los judíos y los “luchadores por la justicia social” y los “globalistas” de “países predominantemente blancos” del mundo entero están promoviendo la “inmigración masiva, la integración racial, las bajas tasas de fertilidad y el aborto” para “convertir de forma deliberada a los blancos en minoría y, por tanto, hacer que se extingan mediante la asimilación forzada”.

Una marcha White Lives Matter en Shelbyville, Tennessee, octubre de 2017 (Foto: Caitlin Dickson/Yahoo News).

La investigación ha demostrado que cuanto más radical es una persona desde el punto de vista político ‒ya sea de izquierda o de derecha‒, más susceptible es a las teorías conspirativas. El narcisismo colectivo es otro marcador psicológico, es decir, la creencia de que el grupo o nación al que uno pertenece es superior a otros y merece admiración. Y según un par de estudios publicados en la revista Applied Cognitive Psychology en 2015, los adeptos a las teorías conspirativas tienden a sentir falta de control sobre sus vidas, rasgos que comparten con los terroristas reclutados y los miembros de extrema derecha.

“Los adeptos a teorías de la conspiración creen [en estas teorías] porque les restaura un sentido de agencia”, explicaba Viren Swami, profesor de psicología social en la Universidad Anglia Ruskin. “Les da una sensación de poder. Les da una sensación de que pueden hacer algo por el mundo”.

La retórica del despertar de una verdad oculta es casi idéntica entre los terroristas reclutados y los partidarios de la extrema derecha. De hecho, los miembros de la extrema derecha usan constantemente la misma referencia a “Matrix” que los terroristas ‒es decir, tomando la pastilla roja‒ para describir su momento de conversión.

La deshumanización también es típica. Recuerda el perfil preliminar de la extrema derecha. Cuando Kteily pedía a los encuestados de extrema derecha que clasificaran a ciertos grupos de 0 (nada humanos) a 100 (completamente humanos) ‒usó la famosa imagen March of Progress como guía‒, estos repartieron puntuaciones escalofriantemente bajas.

El último paso en el proceso de radicalización es lo que Reicher y Haslam llaman “corradicalización”. En el contexto del terrorismo, corradicalización significa “provocar a otros grupos para hacer ver que el grupo propio es peligroso” ‒habitualmente mediante ataques‒, lo cual en última instancia “ayuda a consolidar seguidores en torno a esos mismos líderes que predican una mayor animosidad”.

En la extrema derecha, la dinámica es similar, aunque menos asesina: memes, trolls y reyes de las artimañas en los campus universitarios diseñados para desencadenar una atención desmesurada y denuncias generalizadas ‒por ejemplo, en el discurso en contra de la extrema derecha de Hillary Clinton‒ que a su vez alimentan un ciclo de autocensura, conflicto y conversión. “El terrorismo”, escriben Reicher y Haslam, “está vinculado a la polarización. Tiene que ver con reconfigurar las relaciones intergrupales para que [el extremismo] parezca la forma más sensata de relacionarse con el mundo externo”. Se puede decir lo mismo para la extrema derecha.

Sin embargo, desde una perspectiva psicológica, el aumento de la extrema derecha también representa una novedad: una señal de que las mismas tecnologías que han permitido aumentar sus filas a los terroristas ahora están ayudando a que el odio sea más accesible e incluso más atractivo entre estadounidenses que hasta hace poco parecían inmunes.

En casi todos los sentidos, Internet parece estar hecho a medida para amplificar y acelerar los procesos psicológicos de radicalización.

Aunque sitios como Breitbart despiertan temores hacia una posible invasión de inmigrantes y una inminente pérdida del estatus blanco, las psicólogas Maureen Craig y Jennifer Richeson han “realizado experimentos que muestran que los participantes que leen sobre el cambio demográfico son ‒en promedio‒ más propensos a responder a expresiones como ‘prefiero trabajar con personas de mi mismo origen étnico’ de forma afirmativa”. Incluso la mínima exposición a información “amenazante”, en otras palabras, puede hacer que una persona sea más prejuiciosa.

Por su lado, el psicólogo John Suler ha descrito lo que llama “efecto de desinhibición online”, es decir, “la falta de control que siente al comunicarse en comparación a cuando lo hace en persona”. Como resultado de esto, Internet se ha visto saturada de retórica, apunta la neuropsicólga Molly Crockett; las redes sociales, dice, sirven para desencadenarlo, difundirlo y minimizar sus repercusiones personales.

Esto, a su vez, ha alimentado las “cámaras de eco” en Internet ‒Reddit, 4Chan, muros de Facebook repletos de noticias falsas‒ que se aprovechan de nuestro efecto de falso consenso y engañan a individuos susceptibles de sobreestimar lo realmente “normales” que son los puntos de vista de la extrema derecha. Tal y como han apuntado los psicólogos Dominic Abrams y Kevin Dutton, “cuando los grupos comienzan a quedar aislados de la sociedad convencional, esta propensión innata a ‘moverse en manada y seguir la norma’ –“seguir el ejemplo de aquellos con los que nos identificamos y despreciar a los demás”‒ “puede ser un trampolín hacia hermandades, cultos y otros tipos de extremismos”.

La acción en la vida real no se queda atrás. Habitualmente, los radicales en potencia son reacios a hacerlo solos, pero las redes sociales alivian este “problema de acción colectiva”, según el politólogo Richard Hasen, porque les permite a estos supuestos extremistas ver a otros como ellos dispuestos a asumir el riesgo de forma conjunta. Y la investigación del sociólogo Mark Granovetter sugiere que un movimiento como la extrema derecha puede comenzar a crecer mucho más rápido una vez cruzado un umbral esperado, o en el caso de Internet, cuando hace parecer que muchas personas de ideas afines apoyan sus ideas.

“El auge de las redes sociales”, escribe Atran, el antropólogo, “ha permitido que la gente que quiera unirse al movimiento supremacista blanco lo haga sin caer en el estigma asociado anteriormente con la adhesión física”.

Una rápida comparación histórica ilustra las diferencias entre radicalización analógica y radicalización digital. Don Black es fundador de Stormfront, el primero de los grandes sitios web nacionalistas blancos; antes de eso, fue gran mago del Ku Klux Klan y compinche de David Duke. Recientemente contaba a Yahoo News cómo, siendo un joven anticomunista en Athens Alabama, comenzó su camino hacia el nacionalismo blanco.

“Hace algún tiempo, en 1969, cuando tenía 15 años, debía buscar la dirección de correo y escribir”, decía Black. “Ya sabes, a la antigua usanza. Y un par de semanas más tarde te enviaban un paquete con libros”.

Para correr la voz, Black repartió panfletos en la escuela secundaria. Como resultado de eso, el FBI y el sheriff del condado lo sometieron a interrogatorio. Luego se dio cuenta de que había manuales de estudiantes con las direcciones reales de cada estudiante de la escuela, y el envío postal era bastante barato”, decía. “Así que empecé a enviarles cartas a todo el mundo”.

Convertirse en un radical de extrema derecha hoy requiere menos esfuerzo y exposición, en parte gracias a Black. Gunther Rice fue a una escuela secundaria en la que se hablaban 50 idiomas; se autodefinía como un “luchador por la lucha social” hasta los 16 años, cuando comenzó a poner en cuestión los valores liberales con los que había crecido. Tras eso, la radicalización se debió en gran medida a navegar por Internet.

“Acababa de volver a Stormfront y me puse a analizar: ‘¿Cómo es posible que la gente tenga esta mentalidad?’”, le comentó Rice a Yahoo News tras la manifestación del mes pasado de White Lives Matter en Shelbyville, Tennessee. “Y yo dije: ‘¡Sí, mi escuela me enseñó eso! ¡Desde que era alumno de parvulario, me inculcaron una narrativa histórica antiblanca!’. No podía creer la hipocresía que había visto”.

Gunther Rice en Pulaski, Tennesse, en octubre de 2017 (Foto: Caitlin Dickson/Yahoo News).

Al preguntarle qué le atrajo al Partido Tradicionalista de los Trabajadores, Jimmy Mayberry, compañero de Rice, no dudó.

“La cultura de Internet”, dijo Mayberry, de 24 años. Poco después de perder su trabajo en una fábrica en enero, Mayberry se topó con un vídeo del fundador del partido Matthew Heimbach “debatiendo con dos izquierdistas el día de la presentación”.

“No sé nada de este grupo”, se dijo Mayberry a sí mismo, “pero sé que debo averiguar más de ellos… ¡Esta gente parece increíble!”.

John May, otro miembro del partido, coincide. “Internet es la mejor vía en estos días para encontrar personas con ideas afines”, decía.

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¿Cuál es entonces la salida?

Los historiadores nos dirían que es un poco reconfortante el hecho de que aunque el odio parece ser algo cíclico, su amplitud y su grado de aceptación disminuyen en cada episodio.

“Ha cambiado a lo largo del tiempo”, dice Camarillo. “Todavía hay un hilillo de odio racial, pero también hay más tolerancia, más rechazo que dice: ‘Están equivocados’”.

De hecho, la historia de la lucha contra el odio puede ser vista como la extinción de incendios cada vez más pequeños; manchas de antorchas en lugares donde solía haber linchamientos, límites a la inmigración musulmana cuando un día hubo campos de internamiento japoneses. Las deportaciones mexicanas de los años 30, dice Camarillo a modo de ejemplo, “se basaban en odio racial puro y duro, y ningún sector de la sociedad defendió a los mexicanos”. En contraste, dice, la amenaza de deportaciones parecidas bajo la actual administración desencadenó una firme oposición.

“La Historia me dice que debo ser optimista”, dice. “Hoy vemos estos desagradables focos de tensión, pero son diferentes de aquellos con los que aprendimos y sobre los que escribimos en el pasado. El odio racial y los comportamientos raciales son duros de pelar. Se pueden eliminar, pero cuesta”.

Los psicólogos, por otro lado, advertirían que atravesar la actual fase podría ser un proceso particularmente accidentado, con un destino fundamentalmente incierto. La erradicación del odio depende del rechazo de la mayoría, de que esté claro que las opiniones cargadas de odio no son la norma. Con el comodín de las nuevas tecnologías, no obstante, así como las burbujas y cámaras de eco resultantes, cada vez es más posible vivir en un mundo donde las opiniones de alguien solo hacen que reforzarse y nunca cambian.

Todo esto contribuye a que la radicalización, el odio y la intolerancia sean menos obvios pero más accesibles. Y debido a que van de la mano, es más probable que se filtren y contagien el sentido común mayoritario.

A modo de evidencia, fijémonos en el hecho de que los defensores de la extrema derecha Steve Bannon y Steven Miller lo hacen en la Casa Blanca. O que el mismo Trump ha retuiteado memes de la extrema derecha de forma reiterada.

O esto que ha pasado en Charlottesville:

A medida que aumentaban las tensiones, un periodista vio a un joven supremacista blanco huyendo, aterrorizado, de una multitud de contramanifestantes liberales. De repente, el hombre se quitó la camiseta de Vanguard America en medio de la calle.

“En realidad no soy de poder blanco, tío”, gimoteó. “Solo lo hacía para divertirme. Lo siento”.

“¿Qué ha ocurrido?”, le preguntó el periodista.

“Me dio mucho miedo”, contestó.

Luego, el joven le explicó por qué había ido a Charlottesville.

“Parece una idea divertida”, dijo casi sonriendo. “Solo por poder decir poder blanco, ¿entiendes?”.

Quizás la moraleja de esta historia dé algo de aliento. El aspirante a supremacista se echó atrás y no le hizo daño a nadie.

Desde una perspectiva menos optimista, la moraleja podría ser: ahora es “divertido” decir “poder blanco”, y no solo eso, sino aparecer en una marcha, en persona, y provocar altercados en las calles.

Unas horas después, otro joven supremacista blanco con la misma camiseta tipo poloatropelló a 19 contramanifestantes con su Dodge Challenger, matando a Heather Heyer, de 32 años.

Si ese hombre no hubiera estado al volante de ese coche aquel día, sino más bien entre la multitud, cantando, es posible que el presidente de Estados Unidos también lo hubiera confundido con una “persona muy buena”.

Con Caitlin Dickson