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Tiroteos masivos en EEUU, claves de un fenómeno

bruce octubre 3, 2017 Comentarios desactivados en Tiroteos masivos en EEUU, claves de un fenómeno
Tiroteos masivos en EEUU, claves de un fenómeno

“He was just a guy”, dijo su hermano. Un tipo normal. Blanco, maduro, medio calvo, con algunos kilos de más. Dueño de una casa de 350.000 dólares y contable jubilado. Sin antecedentes penales ni afiliación a ningún grupo extraño. La normalidad hecha carnereservó una habitación en el piso 32 del Mandalay Bay de Las Vegas, subió una decena de armas y la noche de este domingo disparó sobre una multitud de 20.000 personas que escuchaban música country. Mató a 59 e hirió a más de 500.

Las palabras “matar” y “herir”, como escribe Adam Gopnik, no sirven para englobar el paisaje de sangre, pánico y cuerpos amputados, o la negrura que envuelve a familias enteras, destruidas en segundos por un señor cualquiera que decidió abrazar el horror. Si bien no podemos asomarnos al laberinto íntimo de Stephen Paddock, que así se llamaba, sí es posible comparar episodios parecidos e identificar algunos patrones.

Lo primero es el contexto: el acceso a las armas. En Nevada no hace falta un permiso oficialpara obtener una pistola, un rifle o una escopeta; no hace falta tener licencia ni tampoco registrar el arma. Uno puede comprar todas las armas que quiera de golpe y llevarlas libremente a la vista. Incluso puede tener una metralleta, siempre que fuera fabricada antes de 1986. La metralleta es el arma usada en la mitad de las masacres de las últimas tres décadas en EEUU y un vídeo sugiere que Paddock pudo haber utilizado una.

Estados Unidos es, con mucha diferencia, el país más armado del mundo: 88,8 armas de fuego por habitante. Tiene casi tantas tiendas de armas como gasolineras, unas 130.000, y casi todos los días se producen tiroteos donde mueren más de cuatro personas. Entre 2001 y 2013, las armas de fuego mataron a 406.496 ciudadanos (contando homicidios, accidentes y suicidios), 120 veces más que todos los atentados terroristas juntos.

Según un estudio de la publicación Mother Jones, que analizó los tiroteos en masa (más de cuatro víctimas mortales cada uno) desde 1982, la violencia no tiene un patrón racial. La mayoría de los asesinos son blancos, pero también lo son la mayoría de los estadounidenses. El 64% de las matanzas fueron cometidas por blancos, el 16% por afroamericanos y el 9% por asiáticos. Proporciones parecidas a la demografía del país.

El patrón, más bien, es de género. El 90% de estos crímenes fueron cometidos por hombres: una desproporción aplastante. “El asesinato es un crimen de hombres”, declaró en 2015 el criminólogo James Alan Fox, de la Northwestern University. “Las mujeres tienden a ver la violencia como último recurso, un mecanismo de autodefensa. Usas la violencia sólo si tienes que hacerlo, si no hay otra vía de escape. Los hombres tienden a usar la violencia como un arma ofensiva, para demostrar quién es el jefe”.

El ‘gen guerrero’ y la cultura de la violencia

El psicólogo y autor James Garbarino, que lleva décadas entrevistando a homicidas, dice que los hombres tienen una “vulnerabilidad biológica” que los hace más violentos. “Alrededor del 30% de los varones (frente al 9% de las hembras) tienen una forma del gen MAOA que dificulta su habilidad para tratar eficazmente y pro-socialmente con situaciones estresantes (como vivir en una familia abusiva)”, escribe Garbarino.

Este gen, conocido como el “gen guerrero”, sólo es una parte del problema. “Los varones está típicamente más inmersos que las mujeres en una cultura que glorifica y justifica la violencia”, añade, y compara la violencia televisiva con fumar: “La mayoría de la gente que fuma no desarrolla cáncer, pero fumar aumenta el riesgo. Las imágenes violentas son como fumar para el cerebro, pero en lugar de crear un problema físico como el cáncer de pulmón, el resultado es un cáncer conductual de comportamiento violento”.

Garbarino advierte contra ese lugar común que sigue a crímenes como este: aquello de que es un crimen “sin sentido”. “En la mente del asesino el acto de violencia letal encaja en una idea del bien y del mal”. Aunque sea deplorable para la sociedad, el homicida puede matar por diferentes motivos, del racismo a la misoginia, la venganza o la política.

Pero, ¿y si no hay un móvil aparente, como en el caso de Stephen Paddock? Un supuesto patrón, la idea de que los asesinos suelen ser “enfermos mentales”, está siendo combatido por psiquiatras como el doctor Jeffrey Swanson, de la Universidad de Duke. “Tenemos una fuerte responsabilidad, como científicos que estudiamos la enfermedad mental, de intentar desmontar ese mito”, declaró a The Atlantic. “Lo digo tan alto y tan fuerte y tan frecuentemente como pueda: la enfermedad mental no es una parte muy grande del problema de la violencia de las armas en Estados Unidos”.

Las personas que padecen alguna de las tres enfermedades mentales más citadas en estos casos, que son la esquizofrenia, la depresión y el desorden bipolar, son responsables de un 4% de la violencia en el país. O lo que es lo mismo: casi todo el crimen violento lo perpetran individuos sin historial o síntomas de problemas mentales. Las personas que sí los padecen son mucho más a menudo víctimas que verdugos.

Aún así, los medios de comunicación, quizás apoyándose en casos concretos donde el asesino sí padecía esquizofrenia, como Jared Lee Loughner, suelen conectar violencia y salud mental el 55% del tiempo, según este estudio. “Cualquiera que mata a una persona (…) no es lo que consideraríamos mentalmente saludable. Pero eso no significa que tenga un diagnóstico clínico y por tanto una enfermedad mental tratable”, explicó Emma McGintey, de la Universidad John Hopkins. “Pueden ser cuestiones de regulación emocional relacionadas con la ira, por ejemplo, pero que son un fenómeno separado”.

En algún momento los datos y los porcentajes dejan de iluminar el camino y sólo queda pararse frente al abismo. Lo que fuera que había en el interior de Stephen Paddock, un aficionado al póker que a sus 64 años decidió abrir fuego sobre una multitud un domingo de otoño a las diez y ocho minutos de la noche.