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La verdadera amenaza de Corea del Norte

bruce septiembre 26, 2017 Comentarios desactivados en La verdadera amenaza de Corea del Norte
La verdadera amenaza de Corea del Norte

Es la solución más sencilla al desafío de Kim Jong-Un, defienden públicamente algunos ‘halcones’: si ellos provocan a la comunidad internacional con lanzamientos de misiles, devolvámosles la papeleta derribándolos en vuelo. De este modo también descubriría Pyongyang que sus amenazas son huecas, porque sus misiles son vulnerables, y las poblaciones de Corea del Sur, Japón y los EEUU podrían dormir más tranquilas. La realidad es más complicada de lo que parece.

Las fuerzas armadas estadounidenses han desplegado varios sistemas antimisiles en Japón y Corea del Sur, y disponen además de otro escudo interceptor para defender su propio territorio. Las fuerzas de autodefensa japonesas, por su parte, también tienen al menos dos sistemas con capacidad antimisiles de fabricación estadounidense. Sin embargo, hay una amplia variedad de razones prácticas y tecnológicas por las cuales semejante idea está destinada al fracaso: EEUU y sus aliados tendrían francamente difícil derribar ningún tipo de misil balístico disparado desde Corea del Norte, pero especialmente los de alcance intermedio e intercontinental: semejante intento con toda probabilidad fracasaría, lo cual debilitaría su posición, y en el peor de los casos podría causar graves problemas con Rusia y China. ¿Por qué los misiles norcoreanos están a salvo de ser interceptados en vuelo?

Hay tres fases del vuelo de un misil intercontinental en las que es potencialmente vulnerable a un sistema antimisiles: cuando está en la rampa de lanzamiento antes del disparo, en la fase de ascenso y extraatmosférica y en la fase de reentrada en la atmósfera, cuando la cabeza de combate se precipita sobre el blanco. Cada uno de estos momentos tiene sus problemas y dificultades de tipo tecnológico (y en algunos casos también político) que en la práctica hacen imposible su uso contra los misiles norcoreanos. Vayamos por partes.

En tierra

La mayor parte de los misiles balísticos de alcance intermedio e intercontinental de Corea del Norte son de combustible líquido, al menos en sus etapas iniciales, y están montados en camiones muy móviles. Esto significa que pueden ser dispersados y escondidos con facilidad para lanzarlos desde miles de diferentes posiciones, pero también que para poder dispararlos antes deben ser cargados de combustible, ya que no pueden ser movidos cuando sus depósitos están llenos.

Para lanzar uno de estos misiles el transportador debe detenerse, colocar el misil en posición vertical y proceder a la carga de un combustible peligroso (tóxico y corrosivo), proceso que puede detectarse y que lleva tiempo; en principio tiempo suficiente para lanzar un ataque contra su posición antes de que pueda disparar. Los lugares de almacenamiento y los centros de mando y control, que son estáticos y conocidos, también podrían ser objeto de un ataque de decapitación.

Este ataque podría llevarse a cabo en minutos con misiles de crucero tras detectarse la preparación de un lanzamiento, o bien usando comandos para realizar un asalto preventivo; el controvertido sistema Kill Chain que desarrolla Corea del Sur pretende crear esta capacidad. Pero esta solución tiene varios graves inconvenientes, empezando por las repercusiones políticas de semejante ataque y por la fiabilidad. En una situación de guerra inminente, pero aún no iniciada, cualquier ataque de este tipo supondría dar el pistoletazo de salida al conflicto.

La información es vital. Es necesario disponer de sistemas de vigilancia vía satélite capaces de detectar los preparativos de lanzamiento y de un mecanismo perfectamente engrasado que lleve esta información a los centros de decisión y después a los de ataque, ya que el periodo de vulnerabilidad se cuenta en minutos: la decisión deberá tomarse muy rápidamente, con las posibilidades de error que ello conlleva. Con el agravante de que es difícil, por no decir imposible, estar seguro de que todas las amenazas han sido eliminadas: los transportadores/lanzadores de misiles son móviles, están camuflados y ocultos en túneles y bajo puentes y son capaces de usar múltiples lugares de lanzamiento, como Pyongyang ha demostrado en varias de sus pruebas. Tratándose de misiles nucleares, solo el 100% de efectividad es aceptable, y esto resulta imposible de garantizar.

Despegue y ascenso

Una vez lanzado el misil en teoría se puede detectar su ascenso y lanzar un contramisil que lo derribe. El sistema antimisiles balísticos Aegis de la marina estadounidense, instalado también en varios barcos de las armadas japonesa y surcoreana, es teóricamente capaz de realizar este tipo de interceptación. El problema aquí es la geometría.

Dadas la tasa de ascenso de un misil balístico, la geografía de la península coreana y los parámetros de radar y de los misiles interceptores, el buque tendría que estar situado en el lugar correcto en el momento preciso; con toda probabilidad en un área dentro de aguas territoriales norcoreanas, para que el disparo pudiese tener éxito. Dada la movilidad de los lanzadores norcoreanos y la seguridad de que la entrada en aguas territoriales precipitaría un enfrentamiento bélico, las posibilidades son muy reducidas.

Dos sistemas tienen la capacidad, en teoría, de interceptar al misil atacante en la fase exoatmosférica: Aegis con los misiles SM-3 y el sistema GMD (Ground-based Midcourse Defense, sistema de defensa de curso intermedio con base en tierra). Nuevamente la geometría juega una mala pasada a Aegis, ya que los barcos que lo transportan tendrían que estar situados exactamente en el lugar adecuado para tener posibilidades de interceptar.

En cuanto al GMD, está diseñado para defender la región CONUS (CONtinental United States, Estados Unidos continentales) de un reducido número de misiles disparado desde Asia. Se basa en sofisticados radares de banda X y en misiles interceptores con base en Alaska y California que colocan en órbita un vehículo exoatmosférico capaz de localizar y chocar contra la cabeza de combate de un misil balístico.

En el caso de GMD los problemas son técnicos pero también políticos. Por un lado se dispone de un reducido número de misiles interceptores, menos de 50 en total, lo cual supone un problema ya que la idea consiste en disparar varios misiles a cualquier amenaza; hasta cinco por blanco para garantizar su destrucción. Una salva de unos pocos misiles volando juntos podría saturarlo, sobre todo si las cabezas de combate liberan señuelos, interferidores y sistemas de ocultación durante el vuelo.

El sistema completo de hecho ha sido probado en numerosas ocasiones con blancos más o menos ‘cooperativos’, fallando en muchas de las pruebas debido a errores o defectos en alguno de sus componentes. Queda la duda de cuál sería su rendimiento enfrentándose a un enemigo no cooperativo que dotara a sus misiles de señuelos y en general intentara dificultar su tarea. Según muchos analistas, a pesar de los 40.000 millones de dólares invertidos en GMD su utilidad real es, por el momento, nula.

La geografía complica todavía más el problema, ya que usar GMD contra misiles procedentes de Corea del Norte supondría disparar en dirección hacia Rusia y China. Esto supone que en mitad de una probablemente tensa situación internacional, China, y sobre todo Rusia, contemplarían el lanzamiento de una salva de misiles dirigidos hacia ellos sin poder estar seguros de qué tipo de misiles se trata: desde su punto de vista podría ser un ataque nuclear de los EEUU.

Al menos un experto citado en la prensa internacional piensa que las defensas rusas, en especial, carecen hoy en día de la capacidad de distinguir de modo fiable entre diferentes tipos de misiles en vuelo ya que dependen por completo de viejos radares de la época soviética sin complemento de satélites, lo que aumenta la incertidumbre y reduce el tiempo de respuesta. La consecuencia es que un lanzamiento de GMD podría en el peor de los casos provocar una guerra nuclear con Rusia, o quizá con China, que también está en la trayectoria. La posibilidad de iniciar una guerra nuclear global sin estar del todo seguro de que la defensa funcione; esto sí que es un serio inconveniente político.

Reentrada

La mayoría de los sistemas defensivos contra misiles balísticos interceptan la cabeza de combate en la última fase del vuelo, cerca o durante la reentrada en la atmósfera sobre el blanco. A este grupo pertenecen algunos de los misiles del sistema Aegis (los últimos modelos del SM-2), el sistema THAAD estadounidense y las versiones más avanzadas de los misiles Patriot, las PAC-3.

Estos sistemas disparan directamente contra las cabezas durante la reentrada, que se produce a elevadas velocidades hipersónicas, y están diseñados pensando sobre todo en misiles balísticos de alcance intermedio relativamente simples. Estados Unidos ha desplegado sistemas THAAD en Corea del Sur y en Guam, su base más cercana a Corea del Norte, así como en Hawaii; por su parte Japón dispone de baterías de Patriot PAC-3 para proteger zonas sensibles; presumiblemente estarán también desplegadas en las bases estadounidenses de Corea del Sur.

Patriot PAC-3 y THAAD son sistemas defensivos de teatro de operaciones, es decir de ámbito estrictamente regional: de hecho las baterías Patriot tienen un alcance de decenas de kilómetros y son por tanto adecuadas como defensas de puntos críticos como puertos, bases aéreas o ciudades. THAAD tiene un alcance mayor, superior a los 200 km, por lo que protege áreas más amplias, pero su altura máxima de ataque es de 150 km. Esto supone que en una trayectoria empinada (‘lofted’) como las que ha empleado Corea del Norte en algunos de sus test, el tiempo disponible para el ataque se reduce mucho.

En disparos de misiles de mayor alcance la altura orbital del atacante puede superar los 700 km, por lo que en su fase intermedia queda fuera del alcance de este sistema. Tanto THAAD como los PAC-3 del Patriot han sido probados en numerosas ocasiones, con éxito dispar: muchas pruebas en condiciones más o menos operativas han fracasado.

En este sentido, el BMD Aegis tiene un mejor historial, con numerosas pruebas sobrepasadas con éxito incluso en condiciones realistas y hasta el derribo de un satélite en órbita baja en su haber. Aunque una vez más su alcance es limitado y está en las decenas de kilómetros, por lo que los buques equipados con Aegis deben estar exactamente en el lugar propicio para poder proteger a otros. Los problemas de las trayectorias empinadas y de la saturación debida a posibles ataques múltiples o a los señuelos, interferidores y otros estorbos añadidos a las cabezas de combate siguen siendo los mismos que en el resto de los sistemas defensivos.

Todo esto sin contar con las potenciales consecuencias de un fracaso al intentar el derribo, o la posibilidad de que ante un intento así el régimen de Pyongyang decidiese contraatacar. De modo que incluso si se tuviesen pruebas de que Kim Jong-Un pretende subir la apuesta de la provocación, por ejemplo realizando una prueba nuclear en el Pacífico usando un misil lanzado sobrevolando Japón, poco podría hacerse. En el mundo real hay pocas posibilidades de que EEUU intente derribar un misil a no ser que piense seriamente que se trata de un ataque real. En cuyo caso las puertas del infierno se habrían abierto ya.