Inicio Internacionales Los reflectores se ponen en un Trump “Domesticado”

Los reflectores se ponen en un Trump “Domesticado”

Las recientes elecciones primarias en Nueva York, que se saldaron con amplias victorias para Hillary Clinton (58%) y Donald Trump (60%) sobre sus respectivos rivales, han colocado a ambos punteros un poco más cerca de la nominación de cada partido, pero el camino será aún largo y espinoso antes de que una u otro puedan sentir que tienen la candidatura en la bolsa.

Algo que, en diversos grados, aún podría no suceder, o hacerlo de formas inesperadas.

Trump, ¿domesticado?

Muchos analistas han especulado, tras escuchar el discurso que Trump dio después de su victoria en Nueva York, que la era del magnate agresivo, ácido y vengativo estaría terminando para dar paso a una versión menos ruda, “domesticada”, algunos incluso la nombrarían “presidencial”.

Para algunos, el hecho de que haya nombrado a su rival Ted Cruz como “senador Cruz”, sin añadirle los calificativos despectivos que ha acostumbrado, que haya suavizado su discurso tras semanas de rudo conflicto contra Cruz y el liderazgo del Partido Republicano, mostraría que Trump ha decidido cambiar, justo en el momento que necesita acelerar en la recta final para capturar la mayor cantidad posible de delegados (pese a sus nuevos modales, él sigue criticando al sistema republicano de corrupto) y prepararse para una posible convención abierta.

Pero se trataría de un espejismo. Dejar de llamar “mentiroso” a Cruz no aminora ni revierte el historial de ofensas desatado por Trump a lo largo de la campaña, ni un discurso en el momento de una dulce victoria como la que el magnate logró en Nueva York es signo de que, en las rudas contiendas que aún quedan, el precandidato vaya a modificar las posiciones por las que ha sido más criticado. Y ha de recordarse que,  pese a su carácter ofensivo, racista, sexista, xenófobo y demás, muchas de sus posturas le han atraído las cantidades sustanciales de votos que ahora lo tienen más cerca de la candidatura.

El propio Trump ha indicado que su campaña “está evolucionando”, como lo comentó recientemente a The New York Times y ha transferido su coordinación del polémico Corey Lewandowski al experimentado Paul Manafort.

Pero su mensaje, sus ideas y las implicaciones de ellas presumiblemente no cambiarán mucho, pues aún les son de gran utilidad para primarias cruciales en estados como Pennsylvania, Indiana, New Jersey y California. Y hay quien diría que las tienen marcadas tan a fondo que persistirán más allá de cualquier reconversión o maquillaje.

La estrategia de modular el tono

Pero modular el tono y mostrar una suavidad diplomática podría ahora servirle justo para cortejar a muchos delegados en la Convención que podrían darle la espalda si tras la primera votación no logra la mayoría. Ante ellos, Trump necesita mucho más que la imagen del bravucón para convencer. Y ese proceso, como una segunda temporada de un tremendo reality show, estaría comenzando.

Por lo pronto, Trump ha redoblado su discurso, como muestra un documento distribuido entre sus promotores de campaña, de que él debe ser el nominado y de acuerdo a The Washington Post, el texto indica que Trump prevé contar con 1,400 delegados, más que suficientes para lograr la candidatura, en la primera ronda de la Convención Republicana.

Muchos lo dudan, entre ellas la histórica revista conservadora National Review, pero la ruta, aunque sinuosa, sería aún posible.

Pero para lograrlo Trump aún requiere mantener el paso en las primarias de abril, ganar varias elecciones clave, Indiana y California, sobre todo, y pasar de simplemente lamentarse por el torcido sistema republicano para tratar de enderezarlo un poco, vía negociación, para su beneficio.

Algo crucial ya que aunque Cruz no puede lograr antes de la convención la mayoría que Trump aún tiene a su alcance, sí le disputará fieramente la candidatura si no hay ganador tras la primera ronda de voto en la Convención.

Clinton y el legado de Sanders

Hillary Clinton ganó ampliamente en Nueva York, y tras ello se ha afirmado que aunque Bernie Sanders no está matemáticamente fuera de la contienda, lograr la mayoría de delegados sería para él algo improbable, sumamente difícil. Y los superdelegados que inclinarían la balanza siguen abrumadoramente del lado de Clinton.

Así, la victoria neoyorquina de Clinton ha desatado voces dentro de sus simpatizantes que afirman que el empecinamiento de Sanders en llegar hasta el final, incluso hasta la Convención, no lo ayudará a ganar la candidatura y sí, en cambio, afectará y dividirá al Partido Demócrata.

No habría un sustento firme para esa afirmación, si bien es cierto que muchos de los más entusiastas seguidores de Sanders podrían apartarse desilusionados o molestos del proceso electoral si Clinton es la candidata. Pero, en realidad, el efecto que Sanders ha tenido en la presente campaña ha ido más allá de la emergencia de una figura externa y muy crítica del ‘establishment’ partidario.

Por el contrario (y a diferencia de Trump, quien emergió también desde fuera del aparato partidario), Sanders ha conseguido imbuir con un mensaje y una plataforma de izquierda a todo el Partido Demócrata, al grado de que sería difícil, matices aparte, dejar fuera de la oferta de una candidata Clinton muchos de los más destacados postulados de Sanders, por ejemplo su rechazo al poder de Wall Street sobre la política, la necesidad de ofrecer educación universitaria asequible o la necesidad de crear y recuperar empleos con salarios dignos a escala nacional.

La decisión de Sanders

Así, como se relata en New Republic, Sanders tiene la opción de decidir si recorrer el resto de la contienda primaria con un discurso agresivo y frontal contra Clinton (lo que algunos dicen podría beneficiar a los republicanos en la elección general) o transitar de modo dialogante y abierto para que sus principios y el germen de su revolución queden sellados en la plataforma demócrata.

A Clinton, en caso de que fuera la nominada, le sería de inmensa utilidad contar con el respaldo así fuese de una parte del dinámico movimiento de base que ha impulsado la candidatura de Sanders, y para atraer ese apoyo el camino más auspicioso no sería el de atacar a su rival, sino tenderle puentes.

Sanders tendrá que definirse al respecto y mucho del destino del movimiento popular que lo ha apoyado y del entusiasmo que ha sacudido esta elección se escribirá cuando lo haga.

Pero, con todo, no tendría por qué hacerlo ahora mismo y bien podría, cómo él ha afirmado, continuar hasta el final del proceso primario para entonces dar ese paso. Hacerlo no sería fracturar a los demócratas ni favorecer a los republicanos, sino  parte de una transición necesaria para dejar una impronta sustantiva, que vaya más allá incluso de esta elección, en el Partido Demócrata.

A fin de cuentas, cada voto (y Sanders aún ganará muchos) que logre en lo que resta de las primarias le concederá fuerza, a él y al ideario que representa, un fortalecimiento que no tendría sentido suspender prematuramente.

Y si entre tanto se registrara un poco probable, pero no imposible, corrimiento mayor de votantes hacia Sanders, entonces las cartas estarían de nuevo ampliamente abiertas de cara a la Convención de su partido.

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