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Cuando el sexo gobierna a los presidentes

bruce enero 16, 2014 Comentarios desactivados en Cuando el sexo gobierna a los presidentes
Cuando el sexo gobierna a los presidentes

Una motocicleta atraviesa la noche de París. El viaje dura unos pocos minutos entre el Palacio del Elíseo y el número 20 de la rue Cirque. Un hombre de mediana estatura desciende, baja la visera del casco y penetra en el edificio. Es François Hollande, el presidente de la República Francesa, que acude a una cita romántica con la actriz Julie Gayet.    

En un discreto apartamento del 8º arrondissement parisino o en una oficina de la Casa Blanca, nadie escapa a la curiosidad de la prensa amarilla. Lo sabe Bill Clinton, el fogoso expresidente de Estados Unidos, y ahora lo ha descubierto el mandatario francés, cuya popularidad ha crecido ligeramente tras la noticia de su affaire, publicada por la revista Closer. Si bien Hollande no ha demostrado demasiada habilidad para encarrillar la economía del país europeo, al menos exhibe ciertos dones como seductor.

Cuando se asciende a la cúspide del poder, las tentaciones parecen más irresistibles, a juzgar por el comportamiento de monarcas y presidentes a lo largo de la historia. Pero si en tiempos de reyes la liviandad podía ocultarse bajo el manto del absolutismo, las democracias juzgan el comportamiento de los primeros ciudadanos como si la integridad íntima se fundiese con la rectitud política.

¿Los presidentes deberían disfrutar de una vida íntima sin intromisiones de los medios? ¿Tienen los votantes el derecho a saber qué ocurre en la habitación de sus representantes? ¿Un gobernante infiel a su pareja puede ser leal a su pueblo?

Hollande, un presidente normal

En campaña electoral contra el pintoresco Nicolás Sarkozy, Hollande prometió ser “un presidente normal”. Se refería, eso creíamos en 2012, a las extravagancias de su antecesor, que ofreció abundante material a la prensa sensacionalista durante su estancia en el Palacio del Elíseo. El escandalillo por su relación con Gayet nos inclina a pensar que apuntaba a otro tipo de normalidad.

En efecto, el mandatario ha continuado la tradición pícara de sus predecesores, que también corrieron tras las faldas de jóvenes galas como cualquier hijo de vecino. ¿Y no es París acasola capital mundial del amor? ¿Por qué se sustraerían ellos a ese encanto?

Félix Faure, presidente entre 1895 y 1899, murió en el lecho de su amante, Marguerite Steinheil. Los rumores de la época señalaron a la mujer como responsable del deceso, ocurrido en medio de una ardorosa relación sexual. Otra causa habría sido el consumo excesivo de un afrodisíaco a base de quinina, equivalente a la popular viagra de nuestros días.

No menos estrafalario fue el incidente que reveló a los franceses las correrías del circunspecto Valéry Giscard d’Estaing. Una madrugada de septiembre de 1974 el Ferrari en el que viajaba de incógnito por las calles de París chocó contra un camión de distribución de leche. A su lado viajaba una mujer que según algunos rumores era la actriz Marlène Jobert.

El socialista François Mitterrand mantuvo durante años una doble vida. En público se presentaba con Danielle Mitterrand, reconocida luego por sus campañas a favor de los derechos humanos, mientras en secreto se encontraba con Anne Pingeot, con quien tuvo una hija, Mazarine. Mitterrand selló un pacto de silencio con la prensa hasta noviembre de 1994, cuando Paris Match reveló la existencia de la joven y en consecuencia del affaire ocultado por el mandatario.

Incluso Jacques Chirac, considerado un buen presidente por la mayoría de los franceses, también protagonizó no pocas escapadas románticas. Uno de sus choferes lo calificó como “Señor 15 minutos, con ducha incluida”, en alusión a la brevedad de sus citas, que recuerdan a las fugaces cópulas del más famoso de los franceses: Napoleón Bonaparte.

Pasiones en la Casa Blanca

Bill Clinton casi pierde su puesto cuando la opinión pública estadounidense conoció su relación con Mónica Lewinsky. El asunto acaparó la atención de Estados Unidos a lo largo de 1998, con la misma intensidad que una telenovela latinoamericana, hasta que el Congreso decidió absolver a Clinton de los cargos en su contra por perjurio y obstrucción de la justicia. El suceso generó una serie de bromas, entre ellas la nostálgica pregunta “¿recuerdas cuando nuestra peor preocupación era si el presidente tenía sexo oral en la Oficina Oval?”

Pero los deslices del 43 presidente norteamericano palidecen ante la fogosidad de otro famoso político demócrata. John F. Kennedy no vaciló siquiera ante la envejecida actriz alemana Marlene Dietrich, a quien conquistó por unos minutos en una de las habitaciones de la Casa Blanca, en septiembre de 1963. El carismático mandatario ganó fama por sus expeditos encuentros sexuales, lo mismo con jovencísimas internas como Mimi Alford o con la súper sensual estrella de Hollywood, Marilyn Monroe.

Nada extraño en la tradición presidencial estadounidense. El venerable Thomas Jefferson, uno de los llamados Padres Fundadores de Estados Unidos, tuvo al menos un hijo con su esclava Sally Hemings, un rumor de la época confirmado hace algunos años por pruebas de ADN. Otro admirado inquilino de la Casa Blanca, Franklin D. Roosevelt, vivió un romance de tres décadas con Lucy Mercier, aunque el affaire solo apareció en la prensa en 1966.

El derecho a la privacidad

El affaire Hollande-Gayet ha reavivado el debate en Francia en torno a la prensa sensacionalista y el respeto a la vida íntima de cualquier ciudadano, sin importar si se trata de una celebridad o un político. Con el auge de los medios sociales, el periodismo amarillo ha encontrado nuevas fuentes de información y una vía expedita para expandir rumores que antes tardaban en alcanzar a un público masivo.

Hollande amenazó en un inicio con llevar a la justicia a la revista Closer, pero probablemente los editores del magazín no temieran la condena de los tribunales. Las multas establecidas para casos similares –decenas de miles de euros—representan una porción mínima de las ganancias por la publicación de la historia romántica entre el presidente y la actriz francesa.

Quizás la respuesta más adecuada para este dilema haya sido pronunciada por Marine Le Pen, jefa del ultraderechista Frente Nacional. “Respaldo el respeto a la vida privada de todo el mundo”, dijo en entrevista a una televisora francesa. “Siempre y cuando esto no cueste un céntimo a los contribuyentes”, acotó.